Las aves discuten por sus alas, el agua cambia el paisaje y algunas figuras encuentran su lugar en el cielo. Las historias se mueven entre el humor, la astucia y pérdidas que no siempre pueden repararse.
Parker llamó Narran o Noongahburrah a las personas de cuyas narraciones hizo esta recopilación. Conservamos esa atribución histórica y el ámbito del río Narran, en Nueva Gales del Sur. El conjunto no representa a todos los pueblos aborígenes de Australia ni convierte sus diferentes tradiciones en una sola.
Cuando Dinewan, el emú, todavía podía volar alto, las otras aves lo reconocían como rey por su gran tamaño. Los Goomblegubbon, las avutardas, envidiaban a los emúes. Una madre Goomblegubbon, sobre todo, no soportaba ver a la madre Dinewan aterrizar cerca, sacudir sus alas y soltar un sonido satisfecho.
Una noche Bahloo, la Luna, miró hacia la tierra. Su luz brillaba con fuerza. Solía elegir las horas en que la gente dormía para jugar con sus tres perros, pero esa noche vio a unas doce personas cruzando un arroyo.
Gooloo, la urraca, era una anciana que había juntado muchas semillas doonburr cuando el pasto estaba cargado. Las guardaba enteras y molía las que necesitaba sobre una piedra plana, el dayoorl. Con esa harina preparaba durrie, una torta de semillas.
Cuando Bootoolgah, la grulla, se casó con Goonur, la rata canguro, en su tierra todavía no había fuego. La comida se comía cruda o se dejaba secar al sol.
Weedah había construido más de veinte refugios de pasto. Encendía un fuego frente a cada uno para que parecieran habitados. Después corría de un refugio a otro, cambiando de voz: lloraba como un bebé, se reía como un chico, cantaba como una joven, imitaba a un hombre bailando y a personas ancianas que llamaban.
Gwineeboo y Goomai, la rata de agua, estaban recogiendo moluscos en el arroyo cuando un canguro saltó al agua junto a ellas. Comprendieron que escapaba de unos cazadores.
Wurrunnah volvió de cazar cansado y hambriento. Le pidió durrie a su madre, pero no quedaba. Buscó semillas entre los demás para preparar su propia comida y nadie le dio.
Googarh, la iguana, vivía con sus dos esposas, Moodai, la zarigüeya australiana, y Cookooburrah, el ave de risa sonora. Cookooburrah tenía tres hijos: uno ya crecido, que vivía lejos, y dos pequeños que se quedaban con ella.
Mullyan, el águila, había construido su casa en lo alto de un árbol yaraan. Vivía apartado con su esposa Moodai, su suegra, que también se llamaba Moodai, y Buttergah, una amiga de su esposa perteneciente al grupo de las ardillas voladoras.
Goomblegubbon, la avutarda, vivía lejos del río con sus dos esposas, Beeargah, el halcón, y Ouyan, el zarapito. Con ellas estaban los dos hijos de Beeargah. Las mujeres y los chicos tenían un campamento; él, otro cercano. Toda el agua provenía de un pequeño pozo en el suelo.
Dinewan, el emú, acampaba con sus dos esposas, las Wahn, los cuervos. Al ver que se juntaban las nubes, construyeron un refugio de corteza. Cuando empezó a llover, los tres se metieron adentro.
El joven Goolahwilleel salía todos los días a cazar. Su madre y sus hermanas esperaban que regresara con un canguro o un emú, pero siempre volvía sin carne.
Cuando empieza el invierno, los lagartos se esconden en sus casas de arena. Cavan hondo y van cerrando el pasadizo detrás de ellos. Las águilas negras se retiran a sus nidos y los garbarlee, lagartos de cola corta, se refugian en troncos pequeños, apenas lo bastante grandes para contenerlos.
Oolah, la lagarta, buscaba ñames en una llanura de arbustos mirrieh. Llevaba consigo a tres de sus hijos. De pronto creyó oír pasos y se detuvo a escuchar.
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