Una noche Bahloo, la Luna, miró hacia la tierra. Su luz brillaba con fuerza. Solía elegir las horas en que la gente dormía para jugar con sus tres perros, pero esa noche vio a unas doce personas cruzando un arroyo.
Bahloo llamaba perros a sus compañeros; para la gente de la tierra eran serpientes: una víbora de la muerte, una serpiente negra y una serpiente tigre. Ya habían mordido a perros y personas, y su veneno los había matado.
—¡Esperen! —llamó Bahloo—. Quiero que lleven a mis perros al otro lado.
La gente apreciaba a Bahloo, pero temía a sus animales.
—No podemos. Nos pueden morder. No son como nuestros perros: sus mordeduras matan.
Bahloo levantó un pedazo de corteza.
—Si hacen lo que les pido, cuando mueran volverán a vivir. Miren.
Tiró la corteza al arroyo. Se hundió apenas y regresó a la superficie, donde quedó flotando.
—Así les pasaría: primero bajarían y enseguida subirían de nuevo. Pero si se niegan, les ocurrirá esto.
Arrojó una piedra. Se fue al fondo y no volvió.
Los hombres repitieron que tenían demasiado miedo.
—Voy a cruzarlos yo mismo, para que vean que no hacen daño —dijo Bahloo.
Bajó con la serpiente negra enroscada en un brazo, la tigre en el otro y la víbora de la muerte sobre el hombro, cerca del cuello. Atravesó el arroyo con las tres.
Del otro lado recogió una piedra grande y la lanzó al agua.
—Como no hicieron lo que les pedí, perdieron para siempre la posibilidad de volver después de morir. Se quedarán donde los pongan, como esta piedra bajo el agua, hasta hacerse parte de la tierra. Habrían podido morir y renacer tantas veces como yo. Ahora serán personas mientras vivan y huesos después de muertos.
Bahloo estaba tan enojado y las serpientes silbaban con tanta fuerza que los hombres sintieron alivio cuando desaparecieron detrás de los árboles.
Desde ese momento, al miedo se sumó el odio. Dijeron que matarían a las serpientes si las encontraban lejos de Bahloo, y así lo hicieron cada vez que vieron una sola.
Pero Bahloo mandaba más.
—Mientras haya personas —decía—, habrá serpientes que les recuerden que no hicieron lo que les pedí.



