En un distrito de Hamgyong del Norte, los magistrados morían pocos días después de asumir su cargo. En las oficinas aparecía un olor insoportable y, al cabo de unos diez días, el nuevo funcionario sufría el mismo destino que sus antecesores.
La noticia se extendió. Nadie quería aceptar el puesto. Finalmente se ofreció un soldado sin protectores importantes ni influencias en la corte. Era valiente y quería probar si podía enfrentar aquello que había vaciado el edificio.
Llegó y encontró las habitaciones abandonadas. Desde el primer día llevaba una hoja larga al cinto. También percibió el olor: al principio leve, después cada vez más fuerte.
A los cinco o seis días empezó a ver una niebla que entraba por la puerta. El olor venía con ella. Cerca del décimo día, los pocos servidores que se habían animado a volver huyeron otra vez.
El magistrado se quedó junto a una jarra de licor. Bebió repetidamente, buscando darse ánimo, hasta quedar muy borracho.
Entonces vio entrar una figura envuelta en bruma. Era alta y enorme. No se distinguían brazos, cabeza ni cuerpo; solo dos ojos terribles que giraban en lo más alto.
El hombre se levantó, gritó y corrió hacia ella con su arma. Dio un golpe. Sonó un estruendo como un trueno y la presencia se deshizo. El olor desapareció al mismo tiempo.
Después el magistrado cayó al suelo, vencido por la bebida.
Cuando volvieron los servidores, lo dieron por muerto. Comenzaron a preparar el entierro, aunque notaron algo distinto: los otros magistrados habían quedado en la galería, mientras él estaba en el patio de abajo.
Lo levantaron. De pronto abrió los ojos y les preguntó, enojado, qué estaban haciendo.
Los hombres retrocedieron entre el miedo y el asombro. Aquel magistrado seguía vivo. Desde ese día, cuenta el relato, la niebla maloliente no volvió al edificio.



