En una aldea de Kanghwa vivía un soldado al que sus vecinos no atribuían ningún talento extraordinario. Lo veían ir y venir como a tantos otros. En su casa, sin embargo, ocurrió una vez algo que solo presenció su mujer.
Era pleno invierno. Ella estaba sentada en la habitación, cosiendo y enojada con él por celos. El soldado tenía que quedarse adentro y buscó una manera de hacerla sonreír.
—¿Querés que haga unas mariposas? —preguntó.
La propuesta no mejoró las cosas. Su mujer lo reprendió, pensando que se estaba burlando, y volvió a su costura.
Él tomó la canasta de trabajo. Buscó entre los retazos y eligió pedacitos de seda de varios colores. Los reunió en la palma, cerró los dedos y murmuró una oración. Después lanzó el puñado al aire.
Los retazos no cayeron al suelo. Se abrieron en alas.
La habitación se llenó de mariposas: amarillas, rojas, claras y oscuras, con los mismos colores de la seda. Revoloteaban alrededor de la mujer y brillaban al pasar frente a la luz. Ella dejó la aguja y las siguió con los ojos, tan sorprendida que por un momento se olvidó del enojo.
Al cabo de un rato, el soldado levantó la mano abierta. Las mariposas acudieron y se posaron en ella. Él volvió a cerrar los dedos. Cuando los abrió, no quedaba un solo insecto: eran otra vez los pequeños retazos de la canasta.
Años después, en 1637, la guerra llegó a Kanghwa. Los habitantes de la isla escapaban de los ejércitos manchúes. El soldado permaneció en su casa con su familia, comiendo como de costumbre.
—A esta aldea no van a entrar —les decía a quienes pasaban huyendo.
Así sucedió: mientras otros lugares de la isla fueron devastados, su aldea quedó a salvo. La mujer había visto las mariposas; los vecinos habían oído aquella seguridad inexplicable. Ninguno conocía hasta dónde llegaban los secretos del soldado.



