En tiempos de la dinastía Koryo, un estudiante emprendió un largo viaje para presentarse a los exámenes que daban acceso a un cargo público. Una tarde lo sorprendió en las montañas un ruido inesperado: alguien estornudaba entre las plantas del camino.
Bajó del caballo y se acercó. No había ninguna persona. Escuchó otra vez. El sonido parecía salir de la raíz de una enredadera.
Le pidió a su servidor que apartara la tierra. Debajo encontraron una calavera. Las raíces habían pasado por los huecos de la nariz, y el espíritu del muerto estornudaba porque lo molestaban.
El estudiante sintió compasión. Limpió la calavera con agua, la envolvió en papel y volvió a enterrarla en un lugar limpio de la ladera. Después llevó comida como ofrenda y rezó por el desconocido.
Esa noche soñó con un anciano de pelo blanco. El hombre hizo una reverencia y le dio las gracias.
—Morí antes de tiempo y ya no queda nadie de mi familia que pueda cuidar mi sepultura —le explicó—. Mi cuerpo se deshizo, pero la raíz no me dejaba descansar. Vos me escuchaste y me ayudaste.
El anciano contó que relacionaba su muerte temprana con faltas de una vida anterior. Ahora quería devolver la atención recibida.
—Viajás para rendir un examen. El tema será «Cumbres y agujas de las nubes de verano». Van a pedir versos de cinco caracteres, en parejas, con la rima pong. Preparé un poema que podés usar.
Y recitó una imagen tras otra: el sol alto, una nube que parecía una montaña, un monje buscando allí un templo y una grulla buscando pinos. Los relámpagos eran hachazos de leñador; los truenos, campanas. Al atardecer, aquellas montañas se alejaban empujadas por el viento.
El estudiante despertó recordando las palabras. Siguió su viaje y, cuando llegó el examen, encontró el tema anunciado en el sueño. Escribió el poema que le había dado el anciano y obtuvo el primer puesto.
La noticia de su éxito empezó en una sala de exámenes. Para él, sin embargo, todo había comenzado junto a una enredadera, al detenerse a escuchar un estornudo.



