Durante la guerra de 1636, un grupo de personas salió de Seúl buscando un camino por el que ponerse a salvo. Viajaban juntas, pendientes de los ruidos y del movimiento de los caballos a lo lejos.
De pronto vieron tropas enemigas delante de ellas. Había jinetes por las colinas y por el valle. No encontraban un lugar hacia el cual correr sin quedar a la vista.
En medio de aquella confusión, un hombre estaba sentado bajo un pino junto al camino. Su caballo esperaba cerca, sostenido por un servidor. Frente a él colgaban varios metros de tela de algodón, como una pantalla contra el polvo.
Los viajeros se acercaron desesperados.
—No tenemos por dónde escapar. ¿Qué podemos hacer?
El hombre los miró con tranquilidad.
—Siéntense conmigo. Vamos a esperar a que pasen.
No parecía tener armas ni un refugio escondido. Pero los viajeros no tenían otra salida. Se acomodaron junto a él, detrás de la tela.
Pasaron los primeros jinetes. Después llegaron otros, y otros más. El grupo podía verlos atravesar el camino. Sabía que el ejército estaba atacando a quienes encontraba; sin embargo, ninguno de los soldados se volvió hacia el pino. Pasaban como si allí no hubiera personas.
La espera duró hasta la tarde. Cuando el último jinete se alejó, los viajeros se levantaron y agradecieron al desconocido. Le preguntaron su nombre y dónde vivía.
Él no respondió. Montó a caballo y se fue tan rápido que nadie pudo seguirlo.
Al día siguiente, el grupo encontró a un hombre que había sido capturado por aquel ejército y había logrado escapar. Le preguntaron por el tramo del camino donde habían esperado.
—Lo recuerdo —dijo—. Pasamos junto a unas paredes enormes y unas rocas muy empinadas. Nadie habría podido atravesarlas.
Los viajeros se miraron. Ellos habían estado sentados bajo un pino, detrás de unos metros de algodón. Desde el otro lado, aquella tela había parecido una barrera de piedra.



