Una noche de luna, un hombre salió a caballo desde Talca hacia un lugar que el relato llama Pelqui. Para llegar tenía que atravesar una montaña.
Apenas entró entre los árboles, el caballo se detuvo. Más adelante se veía un cuerpo tendido en el suelo, con los brazos abiertos. El jinete sintió miedo, pero hizo avanzar al animal hasta quedar cerca.
Entonces pudo mirar mejor: no era un muerto. Era el tronco de un árbol caído.
Aliviado, siguió viaje. Poco después distinguió una figura que parecía moverse entre los árboles. El caballo volvió a detenerse. Esta vez el hombre creyó ver un león.
Llevaba un trabuco, una antigua arma de fuego. Lo preparó y disparó. Al mirar de nuevo comprendió que no había ningún león: había disparado contra la sombra que proyectaba la cumbre de un cerro.
Por fin terminó de cruzar la montaña y entró en el valle. Allí apareció una mujer vestida de viuda, montada a caballo. Se puso a viajar a su lado.
El hombre la saludó y le hizo algunas preguntas. Ella no contestó. Avanzaron juntos durante un largo trecho, hasta que la mujer saltó desde su caballo y se sentó detrás de él.
El jinete se dio vuelta e intentó tomarla, pero sus manos no encontraron a nadie.
Continuó el camino. Un poco más adelante vio que algo se elevaba de la tierra, semejante a una nube. Al fijar la vista, creyó distinguir un fantasma.
Echó a correr a toda velocidad, y aquella figura fue detrás. En plena huida encontró una choza y entró con caballo y todo.
En ese momento empezó a amanecer. La luz le devolvió la calma. No volvió a sentir el mismo terror, pero la impresión de aquella noche lo acompañó durante mucho tiempo.



