La luna era una línea de plata entre las estrellas. Poco después se hundió detrás del horizonte y dejó la pradera a oscuras. Los animales que preferían la noche salían de sus escondites: sus oídos atentos podían reconocer un paso extraño y avisarles cuándo convenía desaparecer entre las sombras.
Desde el bosque cercano al río avanzaron dos puntos de fuego. La oscuridad ocultaba el cuerpo al que pertenecían. Por momentos quedaban a la altura de los pastos; después bajaban tanto que parecían deslizarse sobre la tierra. Eran dos ojos, cada vez más grandes, que se acercaban al centro de la pradera.
Allí había un cráneo enorme de bisonte, vacío y viejo. Y adentro del cráneo se celebraba un baile.
Unos ratones de campo habían encendido una pequeña fogata. La luz salía por las aberturas del hueso, formando manchas claras en medio de la noche. Un tamborcito marcaba el ritmo y los cantores acompañaban a quienes saltaban en ronda. Había raíces secas y carne para comer. Entre una canción y otra, los ratones charlaban y se reían.
Los pájaros que dormían cerca se despertaron con aquel resplandor inesperado. Protestaron desde sus lugares, pero en el baile nadie les prestó atención. Un grupo de lobos también vio la luz. Sin atreverse a acercarse, se reunió a cierta distancia y levantó los hocicos hacia el cielo. Sus aullidos cruzaron la pradera.
Los ratones siguieron bailando.
Mientras tanto, los dos ojos llegaban cada vez más cerca. Se detenían, volvían a moverse y atravesaban la oscuridad sin anunciarse con ningún ruido.
Dentro del cráneo empezó otra canción. El tambor repicó. Los ratones saltaban sobre las patas traseras; algunos llevaban la cola recogida sobre un brazo y otros la arrastraban orgullosamente detrás. La fogata iluminaba sus cuerpos pequeños y las paredes de su extraña sala.
Los ojos bajaron todavía más. Avanzaron hasta el cráneo y, de pronto, ocuparon las aberturas donde habían estado los ojos del bisonte.
—¡El espíritu del bisonte! —chilló un ratón.
De un salto se escapó por un agujero de atrás.
—¡Un gato! ¡Es un gato! —gritaron los otros.
La ronda se deshizo. Por cada abertura, grande o angosta, se escurrieron pequeños cuerpos de pelo. Los ratones salieron corriendo y desaparecieron en silencio entre las sombras de la pradera.



