Ante un sultán se presentaron dos grupos de artistas. Unos venían de China; los otros eran griegos. Cada grupo afirmaba que podía hacer un trabajo más hermoso que el de sus rivales.
El sultán, cansado de escuchar alabanzas que cada cual se dedicaba a sí mismo, les propuso una prueba. Les dio dos espacios enfrentados y les indicó que prepararan sus paredes. Cuando terminaran, iría a ver el resultado.
Los pintores chinos pidieron colores. Querían los más intensos y también los más delicados: tonos capaces de cambiar al mezclarse, de formar figuras y de dar profundidad a una superficie lisa. Con sus materiales preparados, se pusieron a trabajar.
Los artistas griegos no pidieron pintura.
—¿Con qué van a decorar sus paredes? —les preguntaron.
Ellos siguieron limpiando. Quitaron la suciedad y después pulieron. Trabajaron sobre lo que ya estaba allí, hasta que la superficie comenzó a devolver la luz. Donde antes había una pared opaca apareció un brillo cada vez más claro.
Mientras unos agregaban colores, los otros retiraban todo lo que impedía reflejarlos.
Llegó el día de la visita. El sultán se detuvo primero ante las pinturas chinas. Había tantos colores, y estaban combinados con tanto cuidado, que se quedó largo rato mirándolos. El trabajo merecía su admiración.
Después volvió la vista hacia la pared que los griegos habían pulido.
Allí reapareció la obra de enfrente. No era una segunda pintura: era su reflejo. Los colores encontraban nuevos matices sobre la superficie brillante y la luz los hacía variar ante los ojos del sultán.
Los griegos ganaron la prueba sin haber abierto un solo recipiente de pintura. Su pared parecía recibir cuanto tenía delante. La obra de los otros artistas seguía frente a ella, y entre las dos circulaba la luz.



