Una mañana de verano, un sastre compró mermelada, untó una rebanada de pan y la dejó al lado de su costura. Enseguida llegaron las moscas. Las espantó una vez, dos veces, hasta que tomó un trapo y descargó un golpe sobre la mesa.
Contó siete moscas muertas.
—¡Siete de un golpe! Esto lo tiene que saber el mundo.
Se cosió un cinturón con aquella frase y decidió salir de viaje. Llevó un pedazo de queso y, antes de partir, liberó de unas ramas a un pajarito, que guardó por un rato en el bolsillo.
En la cima de una montaña encontró un gigante. El gigante se burló de su tamaño, pero dejó de reír al leer el cinturón. Supuso que aquellos siete habían sido hombres.
Para probar al sastre, apretó una piedra hasta sacarle agua. El sastre metió la mano en el bolsillo, mostró el queso como si fuera otra piedra y lo exprimió.
—La mía también da jugo.
El gigante lanzó una piedra tan alto que casi desapareció.
—La mía no va a volver —dijo el sastre.
Soltó al pájaro, que voló lejos. El gigante quedó desconcertado. Después lo llevó hasta un árbol caído y le pidió ayuda para cargarlo. El sastre propuso que el gigante tomara el tronco y él, las ramas. Pero, cuando el otro se puso el árbol al hombro, el sastre se sentó entre las hojas. El gigante cargó con todo, incluido su compañero, que iba silbando.
Más adelante, el gigante dobló una rama de cerezo para que comieran fruta. Se la pasó al sastre, que no pudo sostenerla y salió despedido cuando la rama volvió a su sitio. Cayó sin lastimarse y aseguró que había saltado para evitar a unos cazadores. El gigante intentó imitarlo y quedó enredado entre las ramas.
Al anochecer llegaron a una cueva donde vivían otros gigantes. Le ofrecieron una cama enorme. Al sastre le pareció más cómodo un rincón y se acostó allí. A medianoche, su compañero golpeó la cama con una barra de hierro, convencido de que así terminaría con aquel peligroso hombrecito.
Por la mañana el sastre salió del rincón, fresco y sonriente. Los gigantes creyeron que ni aquel golpe podía matarlo y huyeron.
Siguió su viaje hasta el palacio de un rey. Se acostó en el jardín a dormir y los servidores leyeron su cinturón. El rey, pensando que era un guerrero formidable, lo incorporó a su servicio. Pero los soldados tuvieron miedo: si algún día se enojaba, podía matar a siete por vez. Anunciaron que se irían todos si él se quedaba.
El rey buscó una manera de librarse del recién llegado. Le prometió la mano de su hija y la mitad del reino si vencía a dos gigantes que asolaban un bosque.
El sastre aceptó. Dejó a la escolta en el camino, encontró a los gigantes dormidos y subió a un árbol con los bolsillos llenos de piedras. Dejó caer una sobre el pecho del primero.
—¿Por qué me pegás? —gruñó el gigante a su compañero.
El otro negó haberlo tocado. Volvieron a dormirse y el sastre arrojó una piedra sobre el segundo. La discusión empezó otra vez. Finalmente lanzó una piedra mayor y los gigantes se pusieron de pie, furiosos. Arrancaron árboles y se golpearon hasta que los dos cayeron muertos.
El sastre bajó, dio unas estocadas a los cuerpos y llamó a los soldados. Contó que había librado una batalla tremenda. Los árboles destrozados parecían confirmarlo.
Pero el rey no quería cumplir su promesa.
—Antes tenés que capturar al unicornio que vive en el bosque.
El sastre llevó una cuerda y un hacha. Cuando vio al unicornio, se colocó delante de un árbol. El animal corrió hacia él; el sastre saltó a un lado y el cuerno quedó clavado en el tronco. Ató al unicornio, liberó el cuerno cortando la madera y lo condujo al palacio.
El rey inventó una tercera prueba: un jabalí feroz. El sastre volvió al bosque. El jabalí lo persiguió hasta una capilla; él entró, saltó por una ventana y corrió por fuera para cerrar la puerta. El animal quedó atrapado.
Ya no hubo más excusas. Se celebró la boda y el sastre recibió la mitad del reino. No todos estaban contentos con aquel matrimonio. Una noche, la princesa oyó a su marido hablar dormido sobre remiendos, chaquetas y pantalones. Comprendió que se había casado con un sastre y fue a quejarse a su padre.
El rey ordenó que unos sirvientes entraran en el dormitorio, lo ataran mientras dormía y lo embarcaran rumbo a un país lejano. Un servidor que apreciaba al sastre escuchó el plan y se lo contó.
Esa noche el sastre fingió dormir. Cuando la princesa abrió la puerta y los hombres se acercaron, empezó a hablar con voz muy clara:
—¡Terminen esa chaqueta! ¡Remienden esos pantalones! Maté siete de un golpe, vencí a dos gigantes, atrapé un unicornio y encerré un jabalí. ¿Voy a tener miedo de los que esperan detrás de la puerta?
Los hombres salieron corriendo. Nadie volvió a intentar expulsarlo. El sastre conservó su corona hasta el fin de sus días, y las siete moscas de aquella mañana siguieron siendo el secreto mejor guardado del reino.


