Un gato se encontró con un zorro en el bosque. Había oído decir que era un animal de enorme experiencia y que conocía todos los secretos de los caminos, así que lo saludó con respeto.
—Buen día, señor zorro. ¿Cómo anda? ¿Se las arregla bien en esta época?
El zorro lo miró de arriba abajo. Primero observó sus patas; después, su cola; por último, aquellos bigotes tan cuidadosamente peinados. Tardó en responder, como si conversar con un gato fuera un favor extraordinario.
—¿Y vos qué sabés del mundo? —dijo al fin—. Te pasás la vida detrás de los ratones. A ver, contame: ¿cuántas habilidades tenés?
El gato pensó un instante. No quería exagerar.
—Una sola, si hablamos de salvarme de los perros. Cuando vienen a buscarme, trepo a un árbol.
El zorro soltó una carcajada.
—¿Una? ¡Qué pobreza! Yo conozco cien maneras de escapar. Y, por si no alcanzaran, tengo una bolsa llena de astucias.
El gato no veía ninguna bolsa, pero supuso que sería una manera de hablar.
—Debe ser muy útil —dijo.
—Claro que lo es. Vení conmigo. Me das un poco de lástima; puedo enseñarte algo.
No alcanzó a empezar la primera lección. Entre los árboles apareció un cazador con cuatro perros. El gato oyó las pisadas, vio el movimiento de las ramas y saltó al tronco más cercano. En un instante llegó a una horqueta alta y se escondió entre las hojas.
El zorro se quedó abajo. Los perros corrieron hacia él y lo rodearon.
—¡La bolsa, señor zorro! —gritó el gato desde la copa—. ¡Abra la bolsa de las astucias!
Pero el zorro no pudo encontrar entre sus cien recursos uno que le sirviera. Los perros lo atraparon y lo mataron.
El gato permaneció inmóvil hasta que el cazador se alejó con ellos. Solo entonces bajó del árbol. Había llegado a aquella conversación creyendo que sabía demasiado poco. Se marchó pensando en la única cosa que sabía hacer bien: aquella mañana le había alcanzado para seguir vivo.


