Un burro había llevado bolsas al molino durante tantos años que conocía de memoria cada piedra del camino. Ahora se cansaba enseguida, y su dueño empezó a pensar en deshacerse de él. El burro lo notó a tiempo.
—Todavía tengo voz —se dijo—. Voy a Bremen. A lo mejor puedo trabajar de músico.
No había avanzado mucho cuando encontró un perro tirado a la orilla del camino, jadeando como si acabara de correr una carrera.
—¿Qué te pasó, compañero?
—Estoy viejo y ya no sirvo para cazar. Mi amo quiso matarme, así que escapé. Pero no sé qué voy a comer.
—Vení conmigo a Bremen. Yo toco el laúd y vos podés tocar el tambor.
Al perro le pareció mejor que quedarse allí. Siguieron juntos y encontraron un gato con cara de tres días de lluvia. Tenía los bigotes caídos y miraba el suelo.
—¿Y vos? —preguntó el burro.
—Mi dueña quiso ahogarme porque prefiero descansar junto al fuego antes que perseguir ratones. Conseguí huir, pero ya no tengo casa.
—Con tus serenatas seguro encontrás lugar en nuestra orquesta.
El gato se estiró y se unió a ellos. Un poco más adelante oyeron a un gallo que cantaba sobre un portón como si quisiera avisarle algo al mundo entero.
—Cantás con ganas —le dijo el burro.
—Mañana llegan visitas. Mi dueña decidió que yo voy a ser la sopa. Canto mientras todavía puedo.
—Entonces bajá. Algo mejor que la muerte vamos a encontrar. Tenés buena voz: cuatro músicos suenan más fuerte que tres.
Bremen estaba lejos y no pudieron llegar antes de la noche. Se refugiaron en un bosque. El burro y el perro se acostaron al pie de un árbol, el gato trepó a una rama y el gallo subió hasta la copa. Desde allí vio una luz entre los troncos.
—¡Hay una casa!
Pensaron que quizá conseguirían un poco de comida. Se acercaron despacio. El burro, que era el más alto, miró por la ventana: alrededor de una mesa bien servida comía una banda de ladrones. Había pan, carne y jarras llenas.
Los cuatro se apartaron para hacer un plan. El burro apoyó las patas delanteras en el marco de la ventana. El perro se subió a su lomo, el gato al perro y el gallo a la cabeza del gato. Cuando estuvieron firmes, dieron juntos su primer concierto: rebuznos, ladridos, maullidos y cacareos sacudieron la noche. Al mismo tiempo se arrojaron hacia adentro y rompieron el vidrio.
Los ladrones creyeron que había llegado un monstruo. Dejaron la mesa y huyeron al bosque. Los músicos comieron hasta quedar satisfechos, apagaron la luz y buscaron un lugar para dormir. El burro eligió el patio; el perro, la puerta; el gato, las cenizas tibias del fogón; el gallo, una viga.
Desde su escondite, el jefe de los ladrones vio que la casa estaba a oscuras.
—Nos asustamos por nada —dijo—. Andá a mirar.
Uno regresó sigilosamente. Quiso encender una vela en el fogón y confundió los ojos relucientes del gato con dos brasas. El gato despertó furioso y le arañó la cara. El hombre retrocedió; el perro le mordió la pierna. Salió al patio, donde el burro le dio una patada, y el gallo, despertado por el alboroto, lanzó un canto estridente desde arriba.
El ladrón corrió hasta sus compañeros sin mirar atrás.
—¡Hay una bruja junto al fuego que me arañó! ¡Un hombre con cuchillo en la puerta! ¡Un gigante en el patio me pegó con un palo! ¡Y desde el techo un juez gritaba que me atraparan!
Los ladrones no volvieron. Cuando amaneció, los cuatro músicos inspeccionaron su nueva casa. Tenía techo, comida y un rincón cómodo para cada uno. Bremen podía esperar. Y tanto esperó que nunca llegaron: se quedaron allí, haciendo música cuando tenían ganas y viviendo juntos el resto de sus días.


