En una China imaginada hace mucho tiempo, un emperador vivía en un palacio de porcelana. El jardín era tan grande que ni el jardinero conocía todos sus senderos. Más allá comenzaba un bosque que llegaba al mar. Allí cantaba un ruiseñor.
Hasta los pescadores, que tenían mucho trabajo, dejaban a veces las redes para escucharlo. Los viajeros admiraban el palacio, pero después de oír al pájaro decían que aquello era lo mejor del reino. Escribieron libros sobre el asunto. Uno de esos libros terminó en manos del emperador.
—¿Un ruiseñor? —preguntó—. ¿En mi propio jardín? ¿Por qué nadie me lo dijo?
Llamó a su principal cortesano y ordenó que lo llevaran a cantar esa misma noche. El cortesano recorrió salones y escaleras. Nadie sabía nada. Finalmente, una ayudante de cocina levantó la mano.
—Yo lo conozco. Lo escucho cuando vuelvo de visitar a mi mamá. A veces estoy tan cansada que me siento bajo los árboles, y su canto me hace bien.
La chica condujo al cortejo hacia el bosque. Primero mugió una vaca. Los nobles se entusiasmaron: ¡qué potencia de voz!
—Todavía no llegamos —dijo ella.
Después croaron las ranas. Los nobles admiraron aquellos sonidos delicados.
—Tampoco son ellas.
Por fin se oyó el ruiseñor. La chica señaló un pájaro gris sobre una rama. Los cortesanos se sintieron algo decepcionados: habían esperado una apariencia más importante.
—El emperador quiere escucharte —le dijo la chica.
—Acá es donde mejor suena mi canción —respondió el ruiseñor—. Pero voy con ustedes.
Le prepararon una percha de oro en el salón. Cuando empezó a cantar, el emperador dejó de acomodarse la ropa. Escuchó. Al rato, dos lágrimas le corrieron por las mejillas.
Quiso premiar al pájaro con un adorno de oro, pero el ruiseñor lo rechazó amablemente.
—Ya vi que mi canto lo conmovió. Eso me alcanza.
Lo alojaron en una jaula elegante. Podía salir a pasear, siempre acompañado por doce servidores que sostenían cintas atadas a su pata. No era una forma muy cómoda de volar.
Un día llegó un regalo del emperador de Japón: un ruiseñor mecánico cubierto de piedras preciosas. Al darle cuerda, cantaba y movía la cola. Brillaba tanto que todos se acercaron a verlo.
Intentaron hacer cantar a los dos juntos. El pájaro vivo cambiaba la melodía; el mecánico repetía siempre la misma. El maestro de música prefirió el segundo: con él se sabía exactamente qué nota iba a venir.
La canción sonó una vez, diez, treinta y tres. Mientras todos miraban el mecanismo, el ruiseñor vivo salió por una ventana abierta y regresó al bosque.
—¡Qué desagradecido! —protestó la corte.
Lo desterraron. Al pájaro de joyas le dieron un título, un almohadón de seda y el lugar junto a la cama imperial. La ciudad entera aprendió su melodía. Solo un pescador observó que era bonita, sí, aunque le faltaba algo que no sabía explicar.
Pasó un año. Una noche sonó un crujido dentro del mecanismo. Después se oyó un zumbido y la música paró. El relojero consiguió arreglarlo un poco, pero avisó que las piezas estaban gastadas. En adelante solo debían hacerlo cantar una vez al año.
Pasaron otros años. El emperador enfermó gravemente. Los cortesanos, convencidos de que iba a morir, se fueron a saludar al sucesor. Lo dejaron solo en su habitación.
Sentada sobre su pecho estaba la Muerte, con la corona puesta y el estandarte y la espada en las manos. Entre las cortinas aparecían rostros que le recordaban sus buenas y sus malas acciones. El emperador pidió música para no escucharlos.
—Cantá —le rogó al pájaro mecánico—. Te di oro y piedras preciosas. Cantá, por favor.
El mecanismo permaneció inmóvil. No había nadie para darle cuerda.
Entonces entró una canción por la ventana. El ruiseñor había sabido que el emperador estaba enfermo y había vuelto. Cantó de tal manera que los rostros fueron perdiendo fuerza. Hasta la Muerte se detuvo a escuchar.
—Seguí —le pidió.
—Devolvé la corona —respondió el pájaro.
La Muerte la dejó. Por otra canción entregó la espada; por otra, el estandarte. El ruiseñor cantó entonces sobre un jardín silencioso, con flores blancas, hierba fresca y tierra húmeda por las lágrimas. La Muerte sintió deseos de volver a su jardín y salió por la ventana como una niebla fría.
El emperador pudo respirar.
—Me salvaste, aunque yo te eché. ¿Cómo puedo pagarte?
—Ya me pagó aquella primera noche. Ahora duerma.
Cantó hasta que el emperador se quedó dormido. A la mañana siguiente estaba mucho mejor. Le pidió al ruiseñor que se quedara y prometió romper el pájaro mecánico.
—No lo rompa. Hizo lo que pudo. Yo necesito vivir afuera. Pero puedo venir a esta ventana y cantar sobre lo que pasa lejos del palacio: los que están contentos, los que sufren, los que nadie mira.
El emperador aceptó. El pájaro solo le pidió que no revelara quién le contaba todas aquellas cosas. Después levantó vuelo.
Cuando los servidores entraron para ver al emperador muerto, lo encontraron de pie, vestido y junto a la ventana.
—Buen día —les dijo.


