El emperador tenía un traje para cada hora del día. Mientras otros gobernantes reunían a sus consejeros, él reunía a sus sastres. Cuando alguien preguntaba dónde estaba, la respuesta casi siempre era la misma: en el vestidor, por supuesto.
A esa ciudad llegaron dos hombres con las manos vacías y una historia magnífica. Decían que sabían tejer una tela más hermosa que cualquier seda. Y, además, una tela extraordinaria: las personas tontas o incapaces de hacer bien su trabajo no podían verla.
El emperador se entusiasmó. Con un traje así, pensó, descubriría enseguida cuáles de sus ministros no servían para el cargo. Les entregó dinero a los recién llegados y les ordenó ponerse a trabajar.
Los hombres instalaron dos telares. Pidieron hilos de oro y seda finísima, guardaron todo en sus bolsos y se sentaron ante las máquinas vacías. Las lanzaderas iban y venían. Clac, clac, clac. Parecían ocupadísimos.
Pasaron unos días. El emperador tenía ganas de visitar el taller, aunque aquella propiedad de la tela le producía cierta inquietud. Él era inteligente, desde luego. Pero mejor mandar primero a su ministro más antiguo, un hombre respetado por todos.
El ministro entró, se acomodó los anteojos y miró. No había nada. Se acercó otro poco. Seguía sin haber nada.
—¿Le gustan los colores? —preguntó uno de los tejedores, señalando el aire—. Fíjese en este dibujo.
«¿Seré tonto?», pensó el ministro. «¿O no estaré capacitado para mi puesto? Nadie tiene que enterarse».
—Es precioso —dijo—. Una maravilla.
Los estafadores le describieron colores y dibujos inexistentes. El ministro se los aprendió de memoria y volvió al palacio a repetirlos. Entonces los hombres pidieron más oro y más seda. También eso fue a parar a sus bolsos.
El segundo funcionario que visitó el taller vio exactamente lo mismo que el primero: nada. Y, por la misma razón, regresó diciendo que nunca había visto una tela tan hermosa. La noticia corrió por toda la ciudad. Todos querían contemplar aquel traje capaz de revelar lo que cada uno valía.
Por fin fue el emperador, acompañado por sus ministros. Los dos estafadores trabajaban afanosamente. Los ministros señalaban el telar y asentían.
—Mire, majestad. ¡Qué delicadeza!
El emperador sintió un frío en el estómago. Él tampoco veía nada. «¿No serviré para gobernar?», se preguntó. Y dijo en voz alta:
—Es excelente. Tiene mi aprobación.
La víspera del gran desfile, los falsos sastres encendieron muchas velas y trabajaron hasta la madrugada. Cortaban el aire con tijeras, cosían sin hilo y levantaban prendas que no existían. Por la mañana anunciaron que el traje estaba terminado.
El emperador se quitó la ropa. Los hombres fingieron ponerle pantalones, chaqueta y capa.
—Es tan liviano que parece que uno no llevara nada —explicaron.
—Exactamente —respondieron los cortesanos, que ya no sabían dónde mirar.
El emperador giró frente al espejo. Luego salió bajo el palio del desfile. Detrás, dos servidores caminaban con las manos levantadas, sosteniendo una cola invisible. Nadie quería ser el primero en reconocer lo que veía.
—¡Qué traje! —decía la gente—. ¡Qué caída tiene la capa!
Entonces un chico, que estaba sobre los hombros de su padre, abrió mucho los ojos.
—¡Pero si no tiene nada puesto!
Su padre pidió que escucharan lo que decía el chico. Alguien se rio. Otro repitió la frase en voz baja. Las palabras pasaron de una persona a otra y crecieron hasta convertirse en una voz de toda la calle:
—¡No tiene nada puesto!
El emperador comprendió que tenían razón. Sin embargo, el desfile ya había empezado, y decidió que tenía que seguir. Levantó todavía más la cabeza y avanzó solemnemente.
Detrás de él, los servidores siguieron sosteniendo la cola que no había existido nunca.


