Un príncipe quería casarse con una princesa. Pero tenía una exigencia que repetía a todo el mundo: tenía que ser una princesa de verdad.
Viajó por muchos reinos y conoció a muchas candidatas. Algunas tenían coronas, otras castillos y otras larguísimos árboles familiares. Siempre encontraba algo que lo hacía dudar. Al final volvió a su casa sin haberse casado, y bastante desanimado.
Una noche se desató una tormenta terrible. Los truenos hacían temblar los vidrios y la lluvia golpeaba los techos como si quisiera atravesarlos. En medio del estruendo, alguien llamó a la puerta del palacio. El viejo rey fue a abrir.
Afuera había una muchacha. El agua le corría del pelo a la ropa, entraba por la punta de los zapatos y salía por los talones. No parecía haber elegido una noche muy cómoda para viajar.
—Soy una princesa de verdad —dijo.
La reina no discutió. Le ofrecieron abrigo y comida, mientras ella iba al dormitorio de huéspedes a preparar una prueba que no le contó a nadie.
Primero retiró toda la ropa de cama. En el fondo puso una arveja. Encima acomodó veinte colchones, uno sobre otro, y sobre los colchones, veinte acolchados de plumas. La cama quedó tan alta que parecía una torre de almohadones.
Allí durmió la visitante.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, le preguntaron si había descansado.
—Muy mal —respondió—. Casi no pude pegar un ojo. Había algo duro en la cama. No sé qué sería, pero me dejó el cuerpo dolorido.
La reina miró al príncipe con una expresión triunfal. Una persona capaz de sentir una arveja a través de veinte colchones y veinte acolchados tenía, según aquella curiosa prueba, la delicadeza de una princesa auténtica.
El príncipe dejó de dudar y se casó con ella. La arveja fue a parar a la sala de los tesoros, donde pudieron admirarla todos los que tenían interés en las arvejas famosas. Allí sigue, si nadie se la llevó.
Y esta, como se ve, es una historia de lo más extraordinaria para una cosa tan chiquita.


