Había una aguja de zurcir que se creía tan fina que estaba convencida de ser una aguja de bordar.
—Agárrenme bien —les decía a los dedos que la sacaban del costurero—. Si me caigo, no me encuentran nunca más. Soy demasiado delicada.
Los dedos la sujetaban sin responder demasiado. Una mañana le pasaron un hilo largo por el ojo.
—¡Tengo cola de vestido! —exclamó la aguja.
Pero no iba a ningún baile. La cocinera necesitaba reparar una zapatilla de cuero. En cuanto la punta tocó la parte rota, la aguja empezó a quejarse.
—¡Qué trabajo tan ordinario! No puedo atravesar esto. Me voy a romper. ¡Me rompo!
Y se rompió.
—Ya lo había dicho —observó, satisfecha de tener razón.
La cocinera pegó una gotita de lacre sobre la parte que le quedaba y la usó para sujetarse el pañuelo al pecho.
—Ahora soy un prendedor —pensó la aguja—. El talento termina por ser reconocido.
Desde aquella altura miró a un alfiler y le aconsejó que creciera un poco. No cualquiera, le explicó, recibía un adorno de lacre. Se estiró tanto para demostrar su importancia que se soltó del pañuelo y cayó en la pileta que la cocinera estaba limpiando. El agua la arrastró hasta la canaleta.
—Estoy de viaje —se dijo—. Siempre quise conocer mundo.
Quedó clavada en el barro. Por encima de ella pasaban astillas, pajitas y pedazos de diario. La aguja los criticaba a todos. La astilla solo pensaba en sí misma; la pajita daba demasiadas vueltas; el diario se creía importante aunque sus noticias fueran viejas. Ella, en cambio, sabía perfectamente quién era. Por eso no se movía.
Un día quedó a su lado un trocito de botella. El sol lo hizo brillar.
—¿Usted es un diamante? —preguntó la aguja.
—Algo así —contestó el vidrio.
—Encantada. Yo soy un prendedor.
Ya convencidos de su mutua riqueza, conversaron largamente sobre la vanidad de los demás. La aguja contó que había vivido en un costurero y que había tenido que soportar a cinco hermanos insoportables: los dedos.
—El pulgar era bajo y gordo, pero se creía indispensable. El índice se metía en todo y señalaba cualquier cosa. El del medio miraba a todos desde arriba. El anular llevaba un cinturón de oro. Y el meñique no hacía nada, pero estaba orgullosísimo. Por eso los dejé.
—Y ahora brillamos acá —dijo el vidrio.
En ese momento vino una corriente de agua y se lo llevó.
—Lo ascendieron —comentó la aguja—. Yo todavía tengo que esperar. Las personas verdaderamente finas no llegamos tan rápido.
Pasaron los días. El lacre se desprendió y el metal se ennegreció. La aguja encontró también una ventaja en eso: el negro la hacía parecer más delgada.
Dos chicos revolvían el barro buscando clavos y monedas cuando uno se pinchó.
—¡Mirá lo que hay acá!
La levantaron y la clavaron en una cáscara de huevo que flotaba en el agua.
—Paredes blancas y yo vestida de negro —pensó ella—. Qué bien queda. Espero no marearme.
La cáscara navegó un poco. La aguja iba muy derecha, convencida de que su firmeza se debía al estómago de acero y a la nobleza de carácter.
Entonces pasó una carreta. Una rueda aplastó la cáscara contra el suelo.
—¡Me rompo otra vez! —gritó la aguja.
Pero no se rompió. Quedó tendida en la calle, entera y negra, sin barco y sin prendedor, todavía convencida de ser demasiado fina para el mundo.
Y allí la dejamos, porque ella no tenía ninguna intención de cambiar de opinión.


