BibliotecaLa aguja de zurcir
Una aguja con hilo descansa sobre un costurero junto a tela, lacre y vidrio.

Hans Christian Andersen · Dinamarca · Cuento de autor

La aguja de zurcir

Hans Christian Andersen · Adaptación

5 min de lectura*7+ años · edad orientativa*
Empieza la historia

Había una aguja de zurcir que se creía tan fina que estaba convencida de ser una aguja de bordar.

—Agárrenme bien —les decía a los dedos que la sacaban del costurero—. Si me caigo, no me encuentran nunca más. Soy demasiado delicada.

Los dedos la sujetaban sin responder demasiado. Una mañana le pasaron un hilo largo por el ojo.

—¡Tengo cola de vestido! —exclamó la aguja.

Pero no iba a ningún baile. La cocinera necesitaba reparar una zapatilla de cuero. En cuanto la punta tocó la parte rota, la aguja empezó a quejarse.

—¡Qué trabajo tan ordinario! No puedo atravesar esto. Me voy a romper. ¡Me rompo!

Y se rompió.

—Ya lo había dicho —observó, satisfecha de tener razón.

La cocinera pegó una gotita de lacre sobre la parte que le quedaba y la usó para sujetarse el pañuelo al pecho.

—Ahora soy un prendedor —pensó la aguja—. El talento termina por ser reconocido.

Desde aquella altura miró a un alfiler y le aconsejó que creciera un poco. No cualquiera, le explicó, recibía un adorno de lacre. Se estiró tanto para demostrar su importancia que se soltó del pañuelo y cayó en la pileta que la cocinera estaba limpiando. El agua la arrastró hasta la canaleta.

—Estoy de viaje —se dijo—. Siempre quise conocer mundo.

Quedó clavada en el barro. Por encima de ella pasaban astillas, pajitas y pedazos de diario. La aguja los criticaba a todos. La astilla solo pensaba en sí misma; la pajita daba demasiadas vueltas; el diario se creía importante aunque sus noticias fueran viejas. Ella, en cambio, sabía perfectamente quién era. Por eso no se movía.

Un día quedó a su lado un trocito de botella. El sol lo hizo brillar.

—¿Usted es un diamante? —preguntó la aguja.

—Algo así —contestó el vidrio.

—Encantada. Yo soy un prendedor.

Ya convencidos de su mutua riqueza, conversaron largamente sobre la vanidad de los demás. La aguja contó que había vivido en un costurero y que había tenido que soportar a cinco hermanos insoportables: los dedos.

—El pulgar era bajo y gordo, pero se creía indispensable. El índice se metía en todo y señalaba cualquier cosa. El del medio miraba a todos desde arriba. El anular llevaba un cinturón de oro. Y el meñique no hacía nada, pero estaba orgullosísimo. Por eso los dejé.

—Y ahora brillamos acá —dijo el vidrio.

En ese momento vino una corriente de agua y se lo llevó.

—Lo ascendieron —comentó la aguja—. Yo todavía tengo que esperar. Las personas verdaderamente finas no llegamos tan rápido.

Pasaron los días. El lacre se desprendió y el metal se ennegreció. La aguja encontró también una ventaja en eso: el negro la hacía parecer más delgada.

Dos chicos revolvían el barro buscando clavos y monedas cuando uno se pinchó.

—¡Mirá lo que hay acá!

La levantaron y la clavaron en una cáscara de huevo que flotaba en el agua.

—Paredes blancas y yo vestida de negro —pensó ella—. Qué bien queda. Espero no marearme.

La cáscara navegó un poco. La aguja iba muy derecha, convencida de que su firmeza se debía al estómago de acero y a la nobleza de carácter.

Entonces pasó una carreta. Una rueda aplastó la cáscara contra el suelo.

—¡Me rompo otra vez! —gritó la aguja.

Pero no se rompió. Quedó tendida en la calle, entera y negra, sin barco y sin prendedor, todavía convencida de ser demasiado fina para el mundo.

Y allí la dejamos, porque ella no tenía ninguna intención de cambiar de opinión.

Fin

¿Una historia para recordar?

Podés volver siempre que quieras.

Para conversar despuésLectura opcional

Propuestas de lectura de Mitos y cuentos

Ideas y preguntas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia. Podés elegir las que te interesen o quedarte con tu propia lectura.

Con chicos

A la aguja le pasan cosas bastante distintas de las que ella cuenta. Cae en la canaleta y anuncia que está de viaje; pierde al vidrio y decide que lo ascendieron. Esa diferencia puede dar mucha risa. También podés preguntarte qué gana al contarse esas historias. Al final sigue en la calle, convencida de su importancia: el cuento no le hace cambiar de idea para poder terminar.

  • ¿En qué momento te dieron más ganas de discutir con la aguja y qué le dirías?
  • ¿Cómo contaría el trocito de vidrio su encuentro con ella?

Una mirada adulta

La aguja cambia de función, de lugar y de aspecto, pero conserva una explicación favorable sobre sí misma. Su conversación con el vidrio resulta especialmente cómica: ambos se reconocen como objetos valiosos mientras critican la vanidad ajena. Podemos leer esa insistencia como presunción o advertir también una manera de soportar las pérdidas. Las dos posibilidades no tienen por qué pesar igual para cada lector. El cierre, que la deja sin aprendizaje, evita una conversión ejemplar y mantiene abierta la distancia entre lo que ocurre y lo que ella puede admitir.

  • ¿Qué diferencia encontrás entre la imaginación que ayuda a seguir y la explicación que impide escuchar a otros, dentro de este relato?
  • ¿Qué efecto tendría que la aguja reconociera su error al final, y qué se perdería con ese cambio?

A tu manera.

Un rincón cómodo para tu próxima historia.

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Luz

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