Goomblegubbon, la avutarda, vivía lejos del río con sus dos esposas, Beeargah, el halcón, y Ouyan, el zarapito. Con ellas estaban los dos hijos de Beeargah. Las mujeres y los chicos tenían un campamento; él, otro cercano. Toda el agua provenía de un pequeño pozo en el suelo.
Un día ellas le pidieron prestada la piedra dayoorl para moler semillas y hacer durrie. Él se negó. Se la pidieron varias veces, sin resultado. Sabían que no la estaba usando: su propia torta ya se cocinaba entre dos fuegos.
Entonces decidieron marcharse.
—Haremos bolsas de agua con pieles. Cuando salga a cazar, llenaremos las bolsas, vaciaremos el pozo y nos iremos con los chicos. Cuando vuelva y encuentre todo vacío, lamentará habernos negado la piedra.
Consiguieron animales, prepararon las pieles y apartaron el pelo para hacer cuerdas. Limpiaron el cuero, lo cosieron con tendones y dejaron una abertura en el cuello. Inflaron las bolsas, las ataron y esperaron varios días a que se secaran.
Cuando estuvieron listas, eligieron un día en que Goomblegubbon había salido. Las llenaron de agua, vaciaron lo que quedaba en el pozo y partieron con los niños hacia el río.
Después de una larga marcha llegaron a la orilla. Dos hombres las vieron desde el otro lado y nadaron hasta ellas. Les preguntaron de dónde venían y adónde iban.
—Nos escapamos de Goomblegubbon. No nos prestaba la piedra para moler. No podemos vivir sólo de carne y temíamos pasar hambre con nuestros hijos. No sabemos adónde ir, pero tiene que ser lejos: si nos encuentra, puede matarnos.
Los hombres dijeron que buscaban esposas. Cada uno propuso casarse con una de ellas y ambos se comprometieron a cuidar a los niños. Las mujeres aceptaron.
Como venían de una zona sin arroyos, no sabían nadar. Los hombres cruzaron primero con un niño cada uno y después volvieron por las mujeres.
Goomblegubbon regresó de cazar. Llamó y nadie contestó. Encontró vacío el campamento y seco el pozo. Luego vio las huellas que iban hacia el río.
Tomó sus lanzas y las siguió, furioso, diciendo que las mataría cuando las encontrara.
Al llegar vio un campamento en la otra orilla. Allí estaban sus esposas, los chicos y dos hombres desconocidos. Él tampoco sabía nadar. Gritó para que lo ayudaran a cruzar, pero nadie respondió.
Se quedó hasta que cayó el sol y durmió donde estaba. A la mañana siguiente, el campamento de enfrente había sido abandonado y quemado. También habían quemado los alrededores, de modo que, aun si hubiera cruzado, no habría podido encontrar las huellas.
Goomblegubbon nunca volvió a ver ni a saber de las mujeres y los niños.



