Dos zorros hermanos tuvieron una idea.
—¡Vayamos a visitar a los humanos con forma de personas! Va a ser divertido.
Con hojas de distintos árboles fabricaron ropas y tesoros. Con la resina prepararon comidas y pasteles. Se cargaron todo a la espalda, dispuestos a bajar a una aldea.
Pero el dios topo los había visto. Antes de que llegaran, hizo aparecer un lugar que parecía una aldea humana. Él mismo tomó el aspecto de un anciano y se instaló en la casa del jefe.
También fabricó tesoros y vestidos con hierbas y hojas. Para la comida buscó moras y uvas en lo alto de los árboles. Llamó a los cuervos y a muchas otras aves, les dio forma humana y los puso a vivir en las casas.
Los zorros entraron sin advertir nada. Creían haber encontrado una verdadera aldea de personas. El viejo jefe compró todos los objetos y alimentos que traían, y después les mostró sus propios tesoros y sus hermosas ropas. Los hermanos estaban encantados.
—Hoy hay baile en mi aldea —les dijo el anciano—. Quédense a verlo.
Los habitantes salieron a bailar. Hicieron una danza y otra, hasta que sus cuerpos de aves no aguantaron más: aunque todavía parecían personas, empezaron a levantarse del suelo y a volar. A los zorros les pareció de lo más divertido. Comieron moras y uvas, disfrutaron de la fiesta y volvieron a su casa.
Pero no podían olvidarse de aquellos sabores.
—Los tesoros son lindos —se dijeron—, pero la comida de los humanos es mejor todavía. No sabemos qué era. Volvamos a comprar más.
Hicieron nuevos tesoros de hierbas y regresaron. Esta vez el topo estaba solo en una gran casa de oro. Había despedido a los cuervos y a todas las demás aves. Los zorros entraron y encontraron a una divinidad venerable.
—Zorros, vi cómo se disfrazaban de humanos y fabricaban tesoros falsos —les dijo—. Yo los traje hasta acá. Esto no es una aldea humana: es mi aldea. Soy el topo, su señor.
Los hermanos lo escucharon mientras les reprochaba sus engaños.
—Dejen de tomar forma humana. Si lo hacen, podrán comer todas las moras y las uvas que quieran. Los cuervos dejan caer frutos desde las ramas: ustedes podrán recogerlos al pie de los árboles. Eso les va a servir más que andar disfrazados.
Desde entonces los zorros dejaron aquellos disfraces. Cuando los cuervos soltaban una mora, una uva u otro fruto, los hermanos lo comían debajo del árbol. Así se hicieron muy amigos.




