En estos relatos un zorro puede hablar como una persona, un salmón recibe ofrendas y un sueño puede cambiar de dueño. La vida junto al río y los encuentros con otros seres abren historias de astucia, pérdida, reciprocidad y consecuencias inesperadas.
La selección reúne quince narraciones atribuidas a Ishanashte, de Shumunkot, y tres a Penri, de Piratori. Son voces ainu documentadas por una fuente histórica de Hokkaidō, no una selección genérica de cuentos japoneses. Algunos episodios son duros: cada ficha conserva su edad orientativa y sus advertencias.
Un hombre había subido a las montañas a buscar corteza para hacer sogas. Cerca de un árbol descubrió una madriguera y, mientras estaba allí, vio llegar a un zorro. Se escondió a la sombra y escuchó.
En una aldea muy poblada nunca habían faltado peces ni venados. Pero llegó una hambruna. Desapareció la comida y sus habitantes fueron muriendo, hasta que sólo quedaron con vida los dos hijos del jefe: una joven y su hermano menor.
Un hombre rico cuidaba a un cachorrito de perro y a uno de zorro. También guardaba un pequeño barco de plata, un amuleto que le había dado una divinidad cuyo nombre el narrador no conocía.
Un hombre había perdido a su esposa y no dejaba de buscarla. Recorrió montañas, valles, bosques y playas, hasta llegar a una llanura muy ancha. En medio de ella crecía un roble.
Un pescador tendió su red a través del río y consiguió muchos peces. Mientras trabajaba, un cuervo se posó cerca. Miraba la pesca con tanta hambre que el hombre se compadeció: lavó un pescado y se lo arrojó. El ave lo comió con alegría.
Había un hombre que recorría los pueblos mintiendo para quitarles cosas a los demás. Cuando ya no podía sacar nada en un lugar, seguía camino hacia otro. Mientras andaba, iba preparando la próxima mentira.
En una aldea vivía una pareja rica que deseaba tener un hijo. Un día, mientras buscaba leña en las montañas, la mujer encontró a un niño llorando junto a un árbol. Lo llevó a su casa con alegría, y desde entonces lo criaron.
Un niño recibía dos visitas todos los días: un niño divino y una niña divina venían a jugar con él. Sólo él podía verlos. Sus padres miraban hacia donde jugaba y creían que estaba solo.
Un día Okikurumi salió al mar con su compañero Samayunguru. Arponearon a un tiburón enorme, pero el animal escapó arrastrando la cuerda y la embarcación.
Un joven cazador, valiente y hábil, perseguía a un oso enorme entre las montañas. El animal subía por alturas cada vez más peligrosas. Por mucho que avanzara, el joven nunca quedaba lo bastante cerca para alcanzarlo con una flecha envenenada.
Una mujer muy hermosa todavía no se había casado. Ya habían elegido al hombre que sería su esposo, pero aún no habían tenido relaciones. Por eso, cuando descubrió que estaba embarazada, quedó muy sorprendida.
Una aldea muy poblada tenía seis jefes. El mayor de ellos mandaba sobre los otros cinco. Un día preparó un banquete, hizo bebida de arroz y los invitó.
Una mujer era muy querida por su esposo. Después de algunos años tuvieron un hijo. El padre llegó a querer al bebé todavía más que a ella, y la mujer empezó a lamentar el tiempo en que recibía sola todo su cariño.
4 min·16+ años*Leído
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