Un hechicero le dijo a un hombre que conocía:
—Si subís a esa cumbre y saltás sobre la franja de nubes que pasa más abajo, vas a poder montarlas como a un caballo y recorrer el mundo.
El hombre le creyó. Subió a la montaña, vio las nubes y saltó. Y sucedió algo maravilloso: quedó sostenido sobre ellas.
Viajó así por el mundo entero. Vio la tierra de los seres humanos y la de los dioses, y dibujó un mapa de todos los lugares que visitaba. Después regresó a la misma cumbre de la tierra ainu, bajó de la nube a la roca y descendió al valle.
Buscó al hechicero para agradecerle.
—El viaje fue hermoso. Vi tantas cosas extrañas que no podría haberlas imaginado. Gracias por darme esta oportunidad.
El hechicero quedó sin palabras. Todo lo que había dicho era mentira. Odiaba al hombre y había inventado el viaje con la única intención de hacerlo morir en la caída.
Pero ahora tenía delante a su conocido, vivo, feliz y con el mapa de sus recorridos. Si aquella invención había resultado cierta, él también quería aprovecharla.
Subió a la cumbre, esperó a que una franja de nubes pasara por debajo y se arrojó sobre ella. Esta vez no hubo nada que lo sostuviera. Cayó hasta el valle y murió destrozado contra el suelo.
Esa noche, el dios de la montaña se apareció en un sueño al viajero.
—El hechicero encontró la muerte que preparó con su engaño —le dijo—. A vos te protegí porque eras un hombre bueno. Cuando saltaste siguiendo su consejo, yo te sostuve y te mostré el mundo para que volvieras más sabio. Que los demás aprendan de esto a dónde puede llevar la maldad.
Entonces el hombre supo quién había hecho posible su viaje por las nubes.




