En tiempos muy antiguos, al comienzo del mundo, un zorro, una nutria y un mono eran amigos inseparables.
Un día el zorro les hizo una propuesta:
—¿Qué les parece si vamos a robarles comida y tesoros a los japoneses?
Sus compañeros aceptaron. Viajaron juntos hasta un lugar lejano y entraron en la casa de un hombre muy rico. Se llevaron una bolsa de porotos, una bolsa de sal y una estera.
Al regresar, el zorro organizó el reparto.
—Nutria, quedate con la sal. Cuando vayas al río, te servirá para salar los peces que pesques. Mono, vos llevate la estera: tus hijos van a poder bailar sobre ella. Yo me quedo con los porotos.
Cada cual volvió a su casa. Poco después la nutria fue a pescar. Se zambulló llevando consigo la bolsa, y toda la sal se disolvió en el agua. Miró su pérdida con enorme desilusión.
El mono extendió la estera en lo alto de un árbol e hizo bailar allí a sus hijos. Las crías cayeron y murieron al golpearse contra el suelo.
El mono y la nutria se unieron para enfrentar al zorro. Estaban furiosos por las desgracias que les habían traído sus consejos.
Pero el zorro sacó unos porotos de la bolsa, los masticó hasta formar una pasta y se untó el cuerpo entero. Después se acostó como si estuviera gravemente enfermo.
Cuando llegaron con intención de matarlo, les mostró la piel cubierta.
—Miren en qué estado estoy. Por haberlos engañado, recibí este castigo: tengo el cuerpo lleno de llagas y estoy por morir. No necesitan matarme. Váyanse, que mi muerte ya está cerca.
El mono lo miró y creyó que decía la verdad. Se alejó enfurecido, cruzó el mar y se fue a Japón. Por eso, cuenta esta historia, no hay monos en la tierra ainu.




