Un pescador ainu salió al mar en su bote. Mientras pescaba se levantó un viento fuerte. Perdió el rumbo y estuvo seis noches a la deriva.
Cuando ya parecía que iba a morir, vio tierra. Las olas lo llevaron hasta una playa. Bajó del bote y encontró un arroyo agradable; siguió su curso hasta llegar a un lugar muy poblado. Había hombres y mujeres por todas partes.
Entró en la casa del jefe. Allí lo recibió un anciano de aspecto divino.
—Quedate esta noche con nosotros —le propuso—. Mañana te mandaremos de vuelta a tu tierra. ¿Aceptás?
El pescador pasó la noche en su casa. A la mañana siguiente el anciano le explicó que un grupo de su gente viajaría al país del visitante para comerciar.
—Podés acompañarlos, pero tenés que acostarte en el bote y cubrirte bien la cabeza. No mires alrededor. Si mirás, los míos se van a enojar. Recordalo.
Una flota de cien embarcaciones esperaba junto a la costa. Los hombres y las mujeres subieron, y el pescador se acostó en una de ellas con la cabeza tapada. Partieron todos juntos, llevando los botes al ritmo de una canción hermosa. A él le gustaba escucharla.
Al cabo de un tiempo llegaron a tierra. El pescador miró apenas y vio la desembocadura de un río. Sus compañeros sacaban agua con cucharones, la probaban y decían:
—¡Qué buena es esta agua!
La mitad de la flota remontó el río. El bote del pescador siguió viaje hasta su lugar de origen. Allí los tripulantes lo arrojaron al agua.
Le pareció que había estado soñando. Cuando volvió en sí, la embarcación y su gente habían desaparecido. No supo adónde se fueron. Regresó a su casa y se durmió.
En sueños se le apareció el mismo anciano que lo había recibido.
—No soy un ser humano. Soy el jefe de los salmones, los peces divinos. Vi que estabas por morir entre las olas, te atraje hacia mí y te salvé. Creíste pasar una sola noche en mi casa, pero aquella noche fue un año entero. Cuando terminó, te envié de regreso.
El anciano le pidió que, desde entonces, le ofreciera bebida de arroz, levantara símbolos sagrados en su honor y lo venerara con estas palabras: «Hago una ofrenda al jefe de los salmones, los peces divinos».
—Te lo agradeceré —añadió—. Si no me rendís culto, te volverás pobre. No lo olvides.
Eso fue lo que el pescador escuchó del anciano divino en su sueño.




