Un hombre rico cuidaba a un cachorrito de perro y a uno de zorro. También guardaba un pequeño barco de plata, un amuleto que le había dado una divinidad cuyo nombre el narrador no conocía.
Un día el barquito desapareció. Lo buscaron por todas partes, sin encontrarlo. El hombre se acostó, dejó de comer y se entristeció tanto que parecía próximo a morir.
Al principio, los dos cachorros siguieron jugando en su habitación. Pero cuando vieron cuánto empeoraba, el zorro habló con el perro.
—Si nuestro dueño muere, nosotros también vamos a morir de hambre. Tenemos que encontrar el amuleto.
Pensaron juntos cómo buscarlo. Entonces al zorro le vino una idea tan clara que casi podía verla: el ogro que vivía en la cima de la gran montaña del fin del mundo había robado el barquito y lo había encerrado en su caja.
Los cachorros sabían que no podrían recuperarlo solos. Invitaron al dios ratón y los tres partieron, bailando alegremente por el camino.
El ogro estaba mirando sin descanso hacia la casa del hombre, a la espera de verlo morir. Por eso no advirtió que los animales se acercaban. El ratón, ayudado por el zorro, cavó un pasadizo bajo la vivienda. Los tres entraron por allí.
Ya adentro, repartieron el trabajo. El ratón roería la caja; los otros dos tendrían que distraer al ogro. El zorro se convirtió en un niño hermoso y el perro en una niña. Bailaron e hicieron toda clase de piruetas.
El ogro se divirtió, aunque también sospechaba. Las puertas estaban cerradas: ¿por dónde habían entrado? Decidió entretenerse un rato con ellos y matarlos después.
Mientras miraba el baile, el ratón terminó de abrir un agujero. Se metió en la caja, sacó el amuleto y escapó por el túnel. El niño y la niña desaparecieron enseguida. El ogro no alcanzó a comprender cómo habían salido.
Al verlos huir, fue hacia la puerta para perseguirlos. Pero se detuvo. Ya lo había engañado un zorro; pensó que seguir intentando no serviría de nada. Los dejó ir.
El ratón regresó a su casa. Los cachorros llevaron el barquito de plata hasta la almohada de su dueño y se pusieron a jugar junto a él, tirándole suavemente de la ropa con los dientes. Al fin el hombre levantó la cabeza y vio el amuleto. Lleno de alegría y agradecimiento, le rindió culto.
Más tarde, el perro y el zorro le mostraron en un sueño cómo lo habían recuperado con ayuda del ratón. Entonces el hombre también honró al ratón.
El relato recuerda aquella ayuda para explicar por qué al ratón no se lo juzga siempre mal. También dice que un perro y un zorro pueden hacerse amigos, y que un perro que persigue a un zorro no lo muerde si éste se vuelve para mirarlo de frente.




