Juan Manalaksan se ganaba la vida cortando árboles. En su aldea también vivía Pedro, hijo de un datu poderoso, que pasaba buena parte de su tiempo cazando.
Un día Pedro salió con su padre y varios perros. Cazaron un ciervo y se sentaron a comer a la sombra, pero un trozo de carne se le atascó en la garganta. El padre gritó pidiendo ayuda. Juan, que trabajaba cerca, acudió y logró sacar el trozo. Pedro pudo volver a respirar.
—Mañana vení a mi casa —le dijo—. Quiero darte una recompensa.
En el camino al palacio, Juan encontró a una anciana. Cuando supo adónde iba, ella le aconsejó que no pidiera dinero.
—Pedro guarda bajo el brazo derecho un vidrio redondo con un agujerito en el centro. Pedile ese vidrio. Si pasás una varita por el agujero, van a aparecer gigantes capaces de traerte lo que necesites.
Pedro le ofreció una habitación llena de riquezas, pero Juan pidió el objeto indicado. Lo recibió y regresó a su choza.
Su madre estaba muriéndose de hambre. Juan probó el vidrio y los gigantes aparecieron a su alrededor. Les pidió comida. Volvieron cargados de alimentos, pero la madre comió tanto que enfermó y murió. Juan perdió a su madre pese a haber conseguido tanta comida.
Tiempo después enfermó otro datu, que gobernaba una aldea cercana. Prometió la mano de su hija a quien lo curara. Juan pidió una medicina a los gigantes y se presentó en el palacio. El gobernante lo amenazó con matarlo si fracasaba; luego tomó la medicina y se recuperó.
Juan se casó con la hija del datu y ambos fueron a vivir a su choza. Una mañana salió a trabajar y dejó el vidrio en casa. Pedro aprovechó su ausencia: mandó soldados que se llevaron a la mujer y al objeto mágico.
Al regresar, Juan encontró la casa vacía. Un vecino le contó lo ocurrido. Sin el vidrio no podía llamar a sus ayudantes, de modo que salió a pedir ayuda a su suegro.
En el camino encontró a una anciana mankukulam. Le contó su desgracia, y ella le indicó un árbol donde podría capturar al rey de los gatos.
—Llevalo siempre con vos —le aconsejó.
Juan siguió sus indicaciones. Poco después, el padre de Pedro ordenó cortar las orejas de todos los hombres de la aldea. Quien se negara sería encerrado en una habitación llena de ratas. Juan se negó y terminó allí, acompañado por su gato.
Cuando lo soltó, las ratas comprendieron el peligro.
—¡Atalo en un rincón! —le pidieron—. A cambio vamos a traerte lo que quieras.
—Entonces traigan todos los vidrios de esta aldea.
Las ratas salieron corriendo y regresaron una a una con sus hallazgos. Entre ellos estaba el vidrio que Juan había perdido.
Juan pasó la varita por el agujero. Los gigantes reaparecieron. Les ordenó matar a Pedro y a su padre y traer de vuelta a su esposa.
Así recuperó a la mujer y el objeto que le habían arrebatado. El relato cuenta que vivieron juntos hasta el fin de sus días.



