El león dormía al pie de un árbol cuando un ratón, apurado por llegar a su escondite, le cruzó el hocico. El león abrió los ojos, estiró una pata y lo atrapó contra la tierra. Bajo aquella garra, el ratón parecía una semilla.
—¡Soltame, por favor! —suplicó—. No quise despertarte. Si me dejás ir, algún día voy a ayudarte.
Al león le dio tanta risa aquella promesa que aflojó la pata. ¿Cómo iba a necesitar ayuda de un animal al que podía cubrir por completo con una garra? Sin embargo, decidió dejarlo marchar. El ratón desapareció entre las raíces, todavía temblando.
Pocos días después, unos cazadores atraparon al león y lo sujetaron con cuerdas gruesas. Cuanto más se sacudía, más se apretaban los nudos. Su rugido recorrió el bosque y llegó hasta el escondite del ratón, que reconoció aquella voz.
El ratón corrió hacia él. No intentó levantar la cuerda: apoyó sus pequeños dientes sobre una hebra y empezó a roer. Cortó una, después otra. El león se quedó quieto para no entorpecerlo. Al fin, una cuerda cedió; luego se abrió otra, y el animal pudo sacar las patas.
Ya libre, el león miró al ratón sin reírse.
—Te dije que podía ayudarte —recordó su pequeño amigo.
El león inclinó la cabeza. La fuerza que lo había defendido tantas veces no había podido abrir aquellas ataduras. Los dientes diminutos que él había despreciado, sí.


