Los hijos de un hombre discutían por cualquier cosa. Si uno abría una ventana, otro quería cerrarla. Si había que hacer un trabajo, pasaban más tiempo decidiendo quién tenía la culpa de la demora que haciéndolo.
El padre había hablado con ellos muchas veces, sin resultado. Una mañana dejó un atado de varas sobre la mesa y llamó a todos.
—Quiero que lo rompan —dijo.
El mayor tomó el atado y lo apoyó contra la rodilla. Hizo fuerza hasta ponerse colorado, pero las varas no cedieron. El siguiente probó torciéndolas. Otro buscó un mejor lugar para agarrarlas. El atado pasó de mano en mano y volvió intacto a la mesa.
Entonces el padre desató la cuerda. Repartió las varas, una por una, entre sus hijos.
—Prueben ahora.
Se escuchó un chasquido. Después otro. Separadas, las varas se quebraban con facilidad. Los hijos miraron los pedazos que tenían entre los dedos y luego la cuerda vacía.
—Mientras se sostengan unos a otros, van a resistir mejor las dificultades —dijo el padre—. Si se dedican a separarse por cada pelea, cada uno tendrá que aguantar solo.
Esta vez no siguió hablando. La prueba había dicho lo que sus consejos no habían conseguido mostrar. Los hijos dejaron las varas partidas sobre la mesa; ninguno podía afirmar que no había entendido.


