Los ratones de una casa estaban cansados de los sobresaltos. El gato aparecía sin hacer ruido: una sombra junto a la despensa, dos ojos bajo una silla, una pata al final del pasillo. Nunca sabían si podían salir a buscar comida.
Una noche, mientras el gato dormía, se reunieron detrás de una pared. Algunos proponían mudarse. Otros querían abrir túneles nuevos. Un ratón joven esperó su turno y dijo:
—El problema es que no lo escuchamos. Si tuviera un cascabel en el cuello, sabríamos cuándo se acerca.
A todos les encantó la idea. Imaginaron el sonido recorriendo la cocina y a cada ratón entrando tranquilamente en su escondite. Por primera vez en mucho tiempo, el peligro parecía tener una solución sencilla.
Discutieron dónde conseguir el cascabel, cuánto debía pesar y qué cuerda serviría para sujetarlo. Un ratón viejo, que había escuchado sin interrumpir, levantó una pata.
—Antes de seguir, falta una cosa. ¿Quién va a ponerle el cascabel al gato?
La reunión quedó en silencio. El ratón joven miró hacia el suelo. Los demás dejaron de hablar de cuerdas y tamaños. Todos querían oír el cascabel, pero ninguno sabía cómo acercarse al cuello del gato y salir de allí.
La reunión terminó sin que el plan pudiera realizarse. Habían imaginado muy bien el resultado; todavía no tenían una manera de conseguirlo.


