Una hormiga bajó hasta el río para beber. Se acercó demasiado a la orilla y una corriente repentina la arrastró. Trató de sujetarse a una raíz, pero pasó de largo. El agua la llevaba lejos de tierra firme.
Desde una rama, una paloma vio lo que ocurría. Arrancó una hoja y la dejó caer cerca de la hormiga. La hoja giró sobre la corriente; la hormiga alcanzó el borde, trepó y se quedó quieta sobre aquella balsa diminuta.
La corriente llevó la hoja hasta un remanso. Allí tocó tierra y la hormiga pudo bajar. Miró hacia el árbol, donde la paloma seguía posada, y levantó las antenas como saludo.
Poco después llegó un cazador de pájaros. Se ubicó debajo del árbol y preparó unas varitas pegajosas para atrapar a la paloma. Ella, entre las hojas, no lo había visto.
La hormiga sí. Corrió sobre la tierra, trepó al pie del hombre y lo mordió. El cazador dio un grito y soltó las varitas. El ruido hizo que la paloma levantara vuelo antes de quedar atrapada.
El hombre se fue mirando el suelo, molesto por la picadura. La paloma pasó una vez sobre el río y luego regresó a una rama alta. Debajo estaba la hormiga, a salvo. Una había ofrecido una hoja; la otra, el pequeño auxilio que estaba a su alcance. Ninguna de las dos había necesitado parecerse a la otra para ayudarla.


