Dos viajeros avanzaban por un camino bajo el sol del verano. El polvo se les pegaba a los zapatos y cada paso parecía más largo que el anterior. Al llegar el mediodía, encontraron un plátano de ramas extendidas y se acostaron bajo su sombra.
El aire se sentía más fresco allí. Dejaron sus bolsas, estiraron las piernas y esperaron a que se les calmara la respiración. Las hojas se movían muy por encima de ellos, cubriendo de verde un pedazo de cielo.
Uno de los viajeros miró las ramas.
—Qué árbol tan poco útil —comentó—. No tiene frutas para comer. ¿Para qué servirá?
Su compañero levantó la vista, dispuesto a darle la razón. Pero antes de que pudiera contestar, una voz salió del árbol.
—¿De verdad no les sirvo para nada? Hace un momento buscaban dónde protegerse del sol. Ahora descansan bajo mis ramas y me llaman inútil desde el mismo lugar donde los estoy cuidando.
Los viajeros miraron el camino, blanco de calor, y después el suelo fresco donde estaban sentados. No necesitaban recoger una fruta para reconocer la diferencia.
Guardaron silencio. El árbol no retiró la sombra ni cerró sus ramas: siguió ofreciéndoles refugio. Esta vez, mientras descansaban, los dos sabían agradecer lo que antes habían recibido sin verlo.


