Una noche, en la isla de Kish, un mercader invitó a Saadi a su habitación. Tenía ciento cincuenta camellos de carga y cuarenta personas entre esclavos y sirvientes. Sin embargo, todavía tenía muchos planes por cumplir.
Durante horas habló de sus negocios: un socio en Turkestán, una operación en la India, el documento de una propiedad y la garantía de otra inversión.
A ratos decía que quería ir a Alejandría porque su clima era agradable. Después cambiaba de idea: el mar de aquella región le parecía demasiado agitado.
—Saadi, me queda un solo viaje —anunció por fin—. Cuando lo termine, voy a dejar el comercio y descansar el resto de mi vida.
—¿Qué viaje? —preguntó su invitado.
—Llevaré azufre de Persia a China, donde dicen que se vende muy bien. De China llevaré porcelana a Grecia. De Grecia, telas bordadas a la India. De la India, acero a Alepo. Después llevaré espejos de Alepo a Yemen, y de Yemen, telas rayadas a Persia. Entonces sí: me quedaré tranquilo en mi tienda.
Siguió hablando hasta que se quedó sin fuerzas para agregar nada más. Solo entonces le pidió a Saadi que contara algo de lo que había visto y oído.
—No me dejaste un solo tema del que hablar —respondió él.
Saadi acompañó aquella respuesta con unos versos sobre otro mercader, caído de su cabalgadura en el desierto: el deseo de acumular solo encontraría descanso en el contento o en la tumba.
El hombre de Kish todavía estaba en su habitación. Aquel larguísimo viaje existía, por el momento, en sus palabras.



