BibliotecaEl abeto
Un pequeño abeto crece en un claro nevado bajo la luz dorada del invierno.

Hans Christian Andersen · Dinamarca · Cuento de autor

El abeto

Hans Christian Andersen · Adaptación

7 min de lectura*10+ años · edad orientativa*
Empieza la historia

En un claro del bosque crecía un abeto joven. Tenía sol, aire fresco y espacio para extender las ramas. Los chicos que buscaban frutillas se sentaban cerca de él y decían que era precioso. Al abeto le molestaba que lo encontraran tan pequeño.

Quería ser alto. Quería mirar por encima de los demás árboles, sostener nidos y balancearse majestuosamente cuando soplara el viento. En invierno, una liebre saltaba por encima de su copa. Aquello le parecía una humillación.

Pasaron dos inviernos. La liebre tuvo que empezar a rodearlo, pero el abeto ya deseaba otra cosa.

En otoño vio cómo los leñadores derribaban algunos de los árboles más grandes. Les quitaron las ramas y se llevaron los troncos en carros. Cuando volvieron los pájaros en primavera, el abeto les preguntó adónde habían ido.

Una cigüeña dijo que había visto barcos con mástiles que olían a madera de abeto.

—¡Quiero ir al mar! —exclamó él.

—Disfrutá de crecer acá —le aconsejó la luz del sol.

Pero el árbol apenas la escuchó.

Antes de Navidad cortaron otros abetos, incluso algunos más pequeños. A esos no les quitaron las ramas. Los gorriones habían espiado por las ventanas del pueblo y sabían qué pasaba con ellos.

—Los ponen en habitaciones calentitas. Les cuelgan manzanas doradas, dulces y juguetes. Después les encienden velas.

—¿Y después? —preguntó el abeto.

Los gorriones no habían visto más. El árbol decidió que después vendría algo todavía mejor. Si los adornaban tanto, debía de ser apenas el comienzo.

Al año siguiente lo eligieron. Sintió el primer hachazo, luego otro, y cayó. Separarse de la tierra dolía de una manera que no había imaginado. Por primera vez miró con tristeza los arbustos y los árboles que dejaba atrás.

Lo llevaron a una casa y lo instalaron en un salón. Cubrieron el recipiente de arena que lo sostenía y empezaron a decorarlo. De las ramas colgaron bolsitas de golosinas, nueces doradas y figuras de papel. Arriba de todo pusieron una estrella brillante.

El abeto temblaba de expectativa. Cuando encendieron las velas, una llama le quemó unas agujas y alguien la apagó enseguida. Entonces trató de quedarse muy quieto. No quería estropear aquella noche que había esperado tanto.

Se abrieron las puertas. Entraron chicos que primero se quedaron mudos y después gritaron de alegría. Bailaron alrededor del árbol, recogieron regalos y, cuando les dieron permiso, retiraron los dulces de las ramas. El abeto estaba pendiente de lo que vendría a continuación.

Lo siguiente fue un cuento. Un señor se sentó cerca y contó la historia de un hombre que se caía por una escalera y, pese a todos sus tropiezos, terminaba casándose con una princesa. Los chicos pedían otra, pero esa noche no hubo más.

«A lo mejor a mí también me espera una princesa», pensó el abeto. «Mañana voy a disfrutarlo todo. Mañana no voy a tener miedo».

Por la mañana lo sacaron del salón. Lo arrastraron escaleras arriba y lo dejaron en un rincón oscuro del altillo.

Al principio creyó que lo protegían del invierno. Cuando llegara la primavera, seguramente volverían a plantarlo. Pasaron días y noches. Se acumularon cajas delante de él. Nadie venía.

Hasta que llegaron dos ratones.

—¿De dónde saliste? —preguntaron.

El abeto les habló del bosque, de la liebre, de los pájaros y del sol sobre la nieve. Mientras contaba, todo aquello le parecía distinto: no un tiempo de espera, sino una vida entera.

—Qué feliz debés de haber sido —dijeron los ratones.

—Sí —respondió, sorprendido—. Tal vez sí.

Después les contó la noche de Navidad y repitió el cuento que había escuchado. Los ratones trajeron amigos. Durante varias noches, el altillo tuvo público. El abeto volvió a sentirse importante.

Llegaron también dos ratas. Querían historias de despensas, grasa y quesos. La del hombre que se casaba con una princesa no les interesó. Se fueron y, poco después, dejaron de venir los ratones.

El abeto quedó solo otra vez. Ahora extrañaba incluso aquellas reuniones del altillo.

Una mañana abrieron las ventanas y movieron las cajas. Sacaron el árbol al patio. El sol lo envolvió y él quiso desplegar las ramas. Entonces vio que estaban secas y amarillas. En el jardín vecino crecían flores nuevas; las golondrinas pasaban de un lado a otro.

Un chico encontró la estrella que todavía llevaba en la punta y la arrancó para prenderla en su ropa. Otro pisó una rama, que crujió como papel.

El abeto recordó el bosque. Recordó las luces. Recordó a los ratones atentos alrededor. Había pasado tanto tiempo esperando que empezara la felicidad.

Un muchacho lo cortó en pedazos y los echó al fuego bajo una gran olla. La madera crepitó. Los chicos se acercaron a escuchar los pequeños estallidos. En cada uno, el abeto pareció recordar una mañana de verano o una voz que pedía un cuento.

Después el fuego se apagó. El más chico seguía jugando con la estrella dorada prendida en el pecho. Del árbol no quedó más que ceniza. Y su historia también llegó al final.

Fin

¿Una historia para recordar?

Podés volver siempre que quieras.

Para conversar despuésLectura opcional

Propuestas de lectura de Mitos y cuentos

Ideas y preguntas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia. Podés elegir las que te interesen o quedarte con tu propia lectura.

Con chicos

El abeto pregunta qué vendrá después de las luces de Navidad, pero los pájaros no lo saben. Él llena ese hueco con sus deseos. Más tarde, al contarles su vida a los ratones, descubre recuerdos que antes no había mirado con cariño. El final es triste: lo cortan y lo queman. Podemos acompañar esa tristeza y discutir sus expectativas sin decir que él tuvo la culpa de lo ocurrido.

  • ¿Qué descubre el abeto sobre su vida cuando se la cuenta a los ratones?
  • ¿Qué te gustaría preguntarle a alguien de la casa sobre lo que hicieron con el árbol después de Navidad?

Una mirada adulta

La espera de una vida mejor organiza la voz del abeto, pero otras decisiones organizan su destino: lo cortan, lo adornan, lo guardan y finalmente lo queman. Separar ambos planos permite conversar sobre la insatisfacción sin atribuirle al árbol la responsabilidad de su destrucción. En el altillo aparece una posibilidad breve: narrar transforma el pasado y reúne oyentes. También esa compañía termina. La estrella conservada por el chico mantiene un objeto festivo cuando su antiguo dueño ya es ceniza, un contraste que puede pesar tanto como el arrepentimiento del protagonista.

  • ¿Cómo se modifica el sentido de las mismas experiencias cuando el abeto las vive y cuando las cuenta?
  • ¿Qué queda fuera de la lectura «hay que disfrutar el presente» si atendemos a quienes deciden qué hacer con el árbol?

A tu manera.

Un rincón cómodo para tu próxima historia.

Tamaño del texto
21 px
Luz

Las opciones para guardar como PDF dependen de tu navegador y dispositivo.

Compartí el enlace al cuento, sin tu avance ni tus marcadores.