Un pescador y su mujer vivían en una choza miserable junto al mar. Cada mañana él salía con su caña y se sentaba a esperar. Una vez pescó un enorme pez plano que, apenas salió del agua, empezó a hablar.
—Dejame vivir. Soy un príncipe encantado. No te serviría de comida.
—No hace falta que me convenzas —respondió el pescador—. No me voy a comer un pez que habla.
Lo devolvió al agua y regresó a casa. Su mujer, Isabel, le preguntó qué había conseguido. Él contó el encuentro.
—¿Y no le pediste nada? —dijo ella—. Mirá dónde vivimos. Volvé y pedile una casita.
El pescador no quería molestar al pez, pero terminó yendo. El agua, antes transparente, estaba amarilla y verde. Lo llamó desde la orilla:
—Pez del mar, vení a escuchar: mi mujer quiere pedir, yo no sé si está bien ir.
El pez asomó.
—¿Qué quiere?
—Una casita mejor.
—Volvé. Ya la tiene.
En lugar de la choza encontró una casa limpia, con cocina, dormitorio, una huerta y gallinas en el patio. Isabel lo tomó de la mano para mostrarle cada rincón.
—Ahora podemos estar contentos —dijo él.
—Ya veremos —respondió ella.
Durante unos días todo anduvo bien. Después Isabel empezó a encontrar pequeña la casa. Quiso un castillo de piedra. El pescador protestó, pero volvió al mar. El agua estaba gris y espesa, atravesada por manchas violetas. Repitió su llamado y pidió el castillo.
—Volvé. Ya lo tiene.
Había escaleras de mármol, grandes salones y sirvientes que abrían las puertas. Detrás se extendían jardines, establos y un parque. La mesa estaba llena de comidas que el pescador ni siquiera sabía nombrar.
—Ahora sí que no necesitamos nada más —dijo.
Isabel miró por una ventana. Todas aquellas tierras le parecieron un buen comienzo.
—Quiero gobernarlas. Pedile que me haga reina.
El hombre volvió con el corazón pesado. El mar se había oscurecido y olía mal. El pez apareció, escuchó el pedido y lo mandó de regreso. Isabel estaba sentada en un trono, con corona y cetro, rodeada de soldados.
El pescador apenas alcanzó a felicitarla.
—Ser reina no me alcanza —dijo ella—. Quiero ser emperatriz.
Él le pidió que se conformara. Ella insistió y le recordó que ahora daba las órdenes. El pescador regresó a la costa. El agua era negra; desde el fondo subían burbujas y un viento helado le sacudía la ropa.
—Quiere ser emperatriz —explicó al pez.
—Volvé. Ya lo es.
El nuevo palacio parecía no tener fin. Isabel ocupaba un trono altísimo y llevaba una corona enorme. A su alrededor esperaban príncipes y duques. El pescador se sintió pequeño como un grano de arena.
Pero su mujer tampoco estaba satisfecha. Quiso ser papa, para que incluso los reyes se inclinaran ante ella. El pescador creyó que aquello era imposible y se lo dijo. Isabel no escuchó. Él volvió al mar, temblando.
Las olas golpeaban la costa. A lo lejos, los barcos se sacudían y pedían auxilio. El hombre llamó al pez casi sin voz y transmitió el nuevo deseo. Cuando regresó, encontró una iglesia inmensa. Isabel estaba rodeada de velas, oro e incienso; emperadores y reyes esperaban su bendición.
Esa noche no pudo dormir. Se revolvía en la cama y pensaba qué podría desear todavía. Al amanecer vio que el sol salía sin pedirle permiso.
Despertó a su marido.
—Quiero tener el poder de Dios. Quiero ordenar cuándo salen el sol y la luna.
Él le suplicó que se detuviera. Isabel gritó que no tendría paz mientras algo escapara a su voluntad. El pescador salió.
La tormenta era terrible. El viento arrancaba árboles y el mar levantaba olas altas como torres. El hombre apenas podía sostenerse. Repitió su llamado, aunque ni él mismo se oía. El pez apareció entre la espuma.
—¿Qué quiere ahora?
—Quiere ser como Dios.
El pez lo miró.
—Volvé. Está otra vez en la choza.
El pescador caminó hacia su casa. Ya no había cúpulas, soldados, jardines ni escalinatas. Su mujer estaba sentada en el mismo lugar del principio. Allí se quedaron los dos, en la vieja choza, mientras el mar seguía extendiéndose delante de ellos.


