BibliotecaEl encendedor
Un soldado descubre la luz de un encendedor ante tres perros de un árbol encantado.

Hans Christian Andersen · Dinamarca · Cuento de autor

El encendedor

Hans Christian Andersen · Adaptación

8 min de lectura*14+ años · edad orientativa*
Empieza la historia

Un soldado volvía de la guerra con la mochila a la espalda y la espada al costado. En el camino lo detuvo una bruja.

—¿Querés conseguir dinero? —le preguntó.

Le mostró un árbol hueco. Si trepaba y bajaba por el interior, encontraría un salón iluminado por cientos de lámparas. Allí había tres puertas y, detrás de cada una, un cofre custodiado por un perro.

El primero tenía ojos como tazas; el segundo, como ruedas de molino; el tercero, como torres. Para que no lo atacaran, debía ponerlos sobre el delantal a cuadros que ella le prestaría. Podía quedarse con todas las monedas que quisiera.

—¿Y vos qué ganás? —preguntó el soldado.

—Solo quiero un viejo encendedor que mi abuela dejó ahí abajo.

El soldado aceptó. Se ató una cuerda a la cintura, tomó el delantal y descendió. Todo era como la bruja había dicho. Puso al primer perro sobre la tela y se llenó los bolsillos de cobre. Detrás de la segunda puerta encontró plata, así que tiró el cobre. Detrás de la tercera había tanto oro que abandonó también la plata. Se llenó los bolsillos, la mochila, las botas y la gorra.

La bruja tuvo que recordarle el encendedor. Volvió a buscarlo y después gritó para que lo subieran.

Ya en el camino, quiso saber para qué servía aquel objeto. La bruja respondió que eso no era asunto suyo. El soldado sacó la espada y la amenazó. Ella siguió negándose a hablar. Entonces él le cortó la cabeza, recogió el dinero y se fue con el encendedor.

En la ciudad alquiló las mejores habitaciones de una posada. Compró ropa, comió muy bien y repartió monedas entre los pobres porque recordaba lo que era no tener nada. Enseguida encontró amigos que lo consideraban una persona excelente.

Le hablaron de una princesa encerrada en un palacio de cobre. Una profecía decía que se casaría con un soldado común, y el rey había decidido impedirlo. Por eso nadie podía visitarla.

El soldado quiso conocerla, pero no sabía cómo. Mientras tanto gastó todo su dinero. Tuvo que mudarse a un altillo, remendar sus botas y abandonar las diversiones. Sus amigos dejaron de visitarlo: decían que había demasiadas escaleras.

Una noche no tenía para comprar una vela. Recordó que había quedado un pequeño cabo en el encendedor. Hizo saltar una chispa y la puerta se abrió de golpe. Allí estaba el perro de los ojos como tazas.

—¿Qué ordenás?

El soldado, asombrado, le pidió dinero. El perro volvió con una bolsa. Pronto descubrió el mecanismo: una chispa llamaba al primer perro; dos, al segundo; tres, al tercero.

Regresaron la riqueza, las habitaciones y los amigos. Pero él seguía pensando en la princesa. Una medianoche llamó al primer perro y le ordenó llevarla a su cuarto.

El animal volvió con la joven dormida sobre el lomo. El soldado la besó sin despertarla, y después el perro la devolvió al palacio.

Por la mañana, la princesa contó durante el desayuno que había tenido un sueño extraño: había viajado sobre un perro y un soldado la había besado. La reina puso a una dama a vigilarla.

La noche siguiente se repitió la visita. La dama siguió al perro y marcó con tiza la puerta de la posada. Pero el perro vio la señal y dibujó cruces en todas las puertas de la ciudad. Cuando la comitiva real salió a buscarla, no supo por dónde empezar.

La reina ideó otra trampa. Cosió una bolsita de seda, la llenó de harina y se la ató a su hija. Le hizo un agujerito para que dejara caer un rastro. Aquella noche el perro no se dio cuenta. Al amanecer, los guardias siguieron la harina hasta el cuarto del soldado y lo arrestaron.

Lo condenaron a morir en la horca. Desde la celda, el soldado veía pasar a la gente que iba hacia el lugar de la ejecución. El encendedor había quedado en la posada.

Un aprendiz de zapatero corría por la calle. Se le salió una zapatilla y fue a dar contra la ventana de la prisión.

—No te apures tanto —le dijo el soldado—. Nada va a empezar sin mí. Si me traés el encendedor de mi cuarto, te doy cuatro monedas.

El chico cumplió el encargo.

Cuando el soldado estuvo al pie de la horca, pidió fumar una última pipa. El rey lo permitió. El soldado sacó el encendedor e hizo saltar una chispa, dos y tres. Aparecieron los perros.

—¡No dejen que me cuelguen!

Los animales se lanzaron sobre los jueces y los consejeros. Los arrojaron al aire y murieron al caer. El mayor hizo lo mismo con el rey y la reina. Ante aquella fuerza, la multitud y los soldados gritaron que el dueño de los perros debía ser el nuevo rey.

Lo subieron al carruaje real. La princesa salió del palacio de cobre y se casó con él. La historia cuenta que se alegró de ser reina. Nadie volvió a discutir la profecía.

La fiesta duró una semana. Los tres perros tuvieron su lugar a la mesa y miraron a los invitados con sus ojos inmensos. El viejo encendedor, que la bruja había pedido como único pago, quedó en poder del soldado.

Fin

¿Una historia para recordar?

Podés volver siempre que quieras.

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Propuestas de lectura de Mitos y cuentos

Ideas y preguntas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia. Podés elegir las que te interesen o quedarte con tu propia lectura.

Con chicos

Para lectores adolescentes desde los 14 años, este cuento ofrece un protagonista con el que se puede discutir. El soldado reparte dinero, pero también mata a la bruja y hace llevar a la princesa dormida para besarla. Los perros le consiguen una corona mediante violencia. La fiesta final no obliga a celebrar todo lo que hizo: podés mirar quién logra decidir y quién apenas tiene voz.

  • ¿Qué hechos del relato cambian tu opinión sobre el soldado y por qué?
  • ¿Qué le preguntarías a la princesa sobre sus decisiones, más allá de lo que la historia cuenta al final?

Una mirada adulta

El soldado reúne gestos generosos y actos de violencia que su triunfo no resuelve: asesina a la bruja, dispone del cuerpo de la princesa dormida y utiliza a los perros para derribar a quienes van a ejecutarlo. La multitud reconoce como rey al dueño de la fuerza. Podemos explorar el atractivo de esa inversión social y, a la vez, interrogar sus costos. La alegría atribuida a la princesa al casarse deja sin narrar muchas de sus posibilidades de elección. La boda ofrece un cierre festivo con conflictos todavía abiertos para quien lee.

  • ¿Cómo conviven el placer de una aventura de ascenso social y las acciones del protagonista que te resultan objetables?
  • ¿Qué relación encontrás entre el control del encendedor, la obediencia de los perros y el reconocimiento público del nuevo rey?

A tu manera.

Un rincón cómodo para tu próxima historia.

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Luz

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