Un estudioso del norte viajó a una ciudad donde el calor obligaba a cerrar puertas y ventanas durante el día. Al caer la noche, la calle despertaba. Los vecinos sacaban sillas, los vendedores abrían sus puestos y las luces encendidas dibujaban sombras enormes contra las paredes.
Frente a la habitación del viajero había una casa silenciosa. En su balcón crecían flores que alguien regaba, aunque él nunca veía a nadie. A veces llegaba música desde el interior. Una madrugada creyó distinguir a una mujer rodeada de una claridad extraordinaria. Cuando se acercó a la ventana, ya no estaba.
La casa lo intrigaba. Una noche, sentado en su balcón con una lámpara detrás, vio que su sombra se proyectaba justo sobre el balcón de enfrente.
—Vos sí podrías entrar —le dijo en broma—. Andá a mirar y después contame.
Se inclinó y la sombra se inclinó. Se levantó y la sombra se levantó. Él entró en su cuarto. La sombra, en cambio, entró por la puerta entreabierta de la casa vecina.
Al día siguiente el hombre salió al sol y descubrió que ya no la tenía. Probó acercarse a una pared, alzarse sobre las puntas de los pies y agacharse. Nada. Por la noche puso la lámpara en el mismo lugar, pero tampoco consiguió hacerla volver.
No quiso contárselo a nadie. Conocía una historia sobre otro hombre que había perdido su sombra, y no deseaba que lo acusaran de copiarla.
Después de unos días apareció una sombra nueva junto a sus zapatos. Al principio era pequeña, pero creció. Cuando volvió al norte ya lo acompañaba una sombra respetable, y el estudioso pudo dedicarse otra vez a escribir sobre la verdad, la bondad y la belleza.
Pasaron años. Una noche llamaron a su puerta. Encontró a un hombre delgadísimo, vestido de negro, con una cadena de oro y diamantes en los dedos.
—¿No me reconoce? —preguntó el visitante—. Soy su antigua sombra.
El estudioso lo hizo pasar, sin poder salir de su asombro. La sombra se sentó y apoyó una bota lustrosa sobre la sombra nueva, que estaba tendida en el suelo.
—Me ha ido muy bien —dijo—. Si tengo alguna deuda con usted, puedo pagarla.
El hombre le aseguró que no debía nada. Solo quería saber qué había visto en la casa de enfrente.
—Se lo cuento si promete no revelar quién soy. Tengo una posición y estoy pensando en casarme.
El estudioso lo prometió.
La sombra explicó que en aquella casa vivía la Poesía. Había permanecido en la antesala durante tres semanas, que le habían parecido miles de años. Desde allí, dijo, había visto y aprendido todo.
—¿Todo? ¿Los salones? ¿Los jardines? ¿Las historias antiguas? —preguntaba el hombre, entusiasmado.
La sombra respondía con frases cada vez más grandiosas, pero no daba detalles. Admitió que no se había acercado demasiado a la luz interior: podía destruirla. Sin embargo, al salir había descubierto que ya era un ser independiente.
Primero se escondió porque no tenía ropa. Después empezó a recorrer techos y paredes, mirar por las ventanas y escuchar conversaciones que nadie habría confiado a otro ser humano. Vio secretos, crueldades y vergüenzas. No publicó lo que sabía. Les escribió directamente a las personas involucradas.
—Se asustaron muchísimo —contó—. Y me trataron de maravilla. Conseguí ropa, dinero, títulos. Así se aprende a vivir.
Se despidió dejando una tarjeta elegante.
El estudioso siguió escribiendo. Sus libros encontraban pocos lectores y él se fue desanimando. Cuando la sombra volvió, lo encontró enfermo y sin dinero.
—Tiene que viajar —le aconsejó—. Yo pago todo. Usted puede acompañarme como mi sombra.
El hombre se negó. La propuesta le parecía absurda. Pero su salud empeoró. En una nueva visita, la sombra presentó el viaje de otra manera: irían a unos baños medicinales, como buenos conocidos. Al fin el estudioso aceptó.
Durante el viaje, la sombra se quedó con los mejores lugares. El hombre caminaba delante o detrás según le indicaran. Cuando quiso proponer un trato de amigos, la sombra se ofendió.
—Usted tiene que tratarme de usted. Yo puedo tratarlo de vos. Es una sensibilidad mía; le pido que la respete.
El estudioso sintió la humillación, pero cedió. Ya dependía de su compañero para todo.
En los baños estaba una princesa de la que se decía que veía demasiado bien. Había ido a curarse de esa peligrosa capacidad. Enseguida notó algo raro en el recién llegado: no proyectaba sombra.
—Claro que tengo —respondió él—. Solo que le doy más libertad que otras personas. Mire a ese hombre junto a la puerta: esa es mi sombra. Hasta le permití tener una propia.
La princesa quedó intrigada. Bailó con él; nunca había conocido a nadie tan liviano. Luego le hizo una pregunta difícil para comprobar su inteligencia.
La sombra no sabía la respuesta.
—Es tan sencilla que hasta mi sombra puede contestarla —dijo—. Pero trátela como a un hombre. Le gusta que le sigan el juego.
La princesa se acercó al estudioso. Hablaron de los astros, los bosques y los países lejanos. Él respondió con precisión y amabilidad. Ella se fue convencida de que, si una sombra sabía tanto, su dueño debía de ser extraordinario.
Poco después acordó casarse con el impostor. Lo llevó a su reino y prepararon la boda.
Ese día, la sombra llamó al estudioso.
—Voy a darte una gran fortuna y un lugar en el palacio. A cambio, nunca vas a volver a decir que sos un hombre. Una vez al año, cuando yo salga al balcón, te vas a acostar a mis pies como corresponde.
El estudioso la miró. Había tolerado muchas cosas durante el viaje, pero aquella vez no cedió.
—No. Voy a contar la verdad. A la princesa y a todos.
—Nadie te va a creer.
—Entonces tendrá que escucharla de mi boca.
La sombra llamó a los guardias. Obedecieron al futuro esposo de la princesa y encerraron al estudioso.
Después el impostor se presentó ante ella con una expresión de pena.
—Mi sombra perdió la razón. Ahora cree que es el hombre y que yo soy su sombra.
La princesa consideró la situación un problema de gobierno. Dijo que sería mejor eliminarlo en silencio. La sombra fingió lamentarse por quien había sido un servidor tan fiel. Ella admiró aquella supuesta bondad.
Por la noche encendieron luces en toda la ciudad. Sonaron cañones y música. La princesa y la sombra salieron al balcón para recibir los saludos.
El estudioso no vio las luces ni oyó la celebración. Ya lo habían ejecutado.


