Bajo unas hojas enormes, junto al agua, una pata esperaba que se abrieran sus huevos. Uno hizo crac. Después otro. Los patitos sacaron la cabeza, miraron el verde que los rodeaba y se asombraron del tamaño del mundo.
—Todavía no vieron nada —les dijo la madre.
Quedaba un huevo, el más grande. Una pata vieja lo examinó y aseguró que era de pavo. Le aconsejó abandonarlo: los pavos no querían entrar al agua y daban muchísimo trabajo. Pero la madre decidió esperar un poco más.
Por fin se rompió la cáscara. Salió un polluelo grande, gris y desgarbado. La pata lo miró sin saber qué pensar.
Al día siguiente llevó a todos al estanque. El recién llegado saltó con los demás y nadó perfectamente.
—Entonces no es un pavo —dijo la madre, aliviada—. Miren cómo mueve las patas.
En el corral las cosas fueron distintas. Apenas lo vieron, empezaron los comentarios. Un pato le picoteó el cuello. Las gallinas lo empujaban. Un pavo inflaba el pecho y lo corría como si aquel lugar le perteneciera.
—Déjenlo tranquilo —decía al principio su madre—. No le hace nada a nadie.
Pero las burlas no pararon. Sus hermanos empezaron a repetirlas. La muchacha que repartía la comida lo apartaba con el pie. Hasta su madre, cansada de los problemas, terminó deseando que se fuera. El pequeño aprendió a encogerse antes de que alguien se acercara.
Una mañana saltó el cerco y escapó. Los pájaros del arbusto salieron volando. Él creyó que también le tenían miedo por su aspecto.
Llegó a un pantano y pasó la noche entre los juncos. Los patos salvajes no fueron amables, pero al menos lo dejaban descansar. Dos gansos jóvenes se acercaron y le propusieron viajar con ellos. Mientras hablaban, sonaron disparos. Los gansos cayeron. Había cazadores alrededor del agua.
El pequeño escondió la cabeza. Un perro se abrió paso entre los juncos, acercó el hocico y luego siguió de largo. El ave no entendió por qué lo habían dejado vivo. Se quedó inmóvil hasta que terminó la cacería y, cuando cayó la tarde, huyó otra vez.
Una tormenta lo llevó hasta una casa torcida, con una puerta que no cerraba bien. Se metió por la rendija. Allí vivían una anciana, una gallina y un gato.
La mujer veía poco. Pensó que había encontrado una pata y que pronto tendría huevos. Le permitió quedarse unas semanas. Pero los huevos no aparecieron.
La gallina estaba convencida de que poner huevos era lo más importante del mundo. El gato opinaba lo mismo de arquear el lomo y ronronear. Cuando el visitante intentaba decir algo, le preguntaban si sabía hacer alguna de esas cosas.
—No —contestaba.
—Entonces no opines.
Un día entró por la puerta un olor a aire fresco. El patito sintió unas ganas enormes de nadar.
—No hay nada como meterse en el agua —dijo—. Y hundir la cabeza, y volver a salir.
La gallina lo encontró absurdo. Ni ella, ni el gato, ni la mujer deseaban hundir la cabeza en ningún lado. Le aconsejó aprender a poner huevos y dejarse de ideas raras.
—Creo que tengo que seguir viaje —respondió él.
Volvió al agua. Llegó el otoño. Las hojas giraban en el viento y los días se volvían cortos. Una tarde vio pasar unas aves blancas de cuellos largos y alas poderosas. Eran cisnes. No conocía su nombre, pero sintió una alegría extraña al mirarlos. Estiró el cuello y lanzó un grito que lo sorprendió a él mismo. Las aves siguieron hacia tierras más cálidas, y el estanque quedó vacío.
El invierno fue duro. Para que el agua no se congelara a su alrededor, nadaba en círculos. Cada noche el círculo era más pequeño. Al final se agotó y quedó atrapado en el hielo.
Un campesino lo encontró, rompió la superficie con su zapato y lo llevó a su casa. El calor lo reanimó. Los chicos quisieron acercarse, pero el ave, acostumbrada a los golpes, se asustó. Voló contra un recipiente de leche, salpicó la cocina y terminó cubierto de harina. Entre gritos y carreras, logró escapar por la puerta.
Pasó el resto del invierno buscando refugio donde podía. Hasta que una mañana oyó una alondra y sintió el sol tibio sobre las plumas. Había llegado la primavera.
Abrió las alas. Estaban fuertes. Dio un impulso y descubrió que podían levantarlo por encima de los juncos. Voló hasta un jardín con árboles en flor y un estanque claro. Allí nadaban tres de aquellas aves blancas que no había podido olvidar.
Quiso acercarse, aunque tenía miedo de que lo rechazaran también. Se deslizó por el agua con la cabeza baja. Los cisnes lo vieron y fueron a su encuentro.
Entonces miró su reflejo.
En el agua no había un polluelo gris y desgarbado. Había un cisne joven, blanco, de cuello largo. Se movió, y la imagen se movió con él. Había nacido de un huevo de cisne, aunque lo hubieran criado en un nido de patos.
Los otros se acercaron y le rozaron el cuello con los picos. No lo corrieron. No se rieron. Lo recibieron.
Unos chicos aparecieron junto al estanque.
—¡Hay uno nuevo! —gritó el más pequeño.
El joven cisne escondió la cabeza debajo del ala. Todavía no sabía qué hacer cuando lo miraban con cariño. Después volvió a levantarla. Tenía delante agua abierta, árboles en flor y compañeros que lo esperaban.
Nunca, durante aquel invierno, había imaginado una mañana así.


