Saadi quiso sumarse a un grupo de viajeros que habían acordado compartir las dificultades y alegrías del camino. Ellos no lo aceptaron.
—Puedo ayudarlos —les dijo—. Tengo fuerzas para trabajar; no voy a ser una carga.
Uno de los hombres le pidió que no se ofendiera y le contó lo que les había pasado pocos días antes.
Un desconocido vestido como derviche les había pedido viajar con ellos. Su ropa y su apariencia piadosa les inspiraron confianza, y lo recibieron sin sospechar nada.
Una noche se acostaron cerca de los muros de una fortaleza. El recién llegado tomó la vasija de agua de un compañero y dijo que necesitaba alejarse un momento. Pero, una vez fuera de su vista, trepó al muro y robó un cofre.
Antes de que amaneciera ya estaba muy lejos. Los demás seguían durmiendo, sin saber lo que había hecho.
Por la mañana los llevaron a la fortaleza y los encarcelaron. El ladrón había escapado; la sospecha cayó sobre quienes lo habían admitido en el grupo.
—Desde entonces evitamos sumar compañía —concluyó el viajero—. Preferimos seguir apartados.
Saadi no consiguió el lugar que buscaba, pero agradeció a Dios por lo que aquella conversación le había permitido aprender. Se iba sin caminar con ellos y, sin embargo, llevaba consigo su historia: una apariencia de devoción podía esconder una conducta muy distinta, y las acciones de uno podían hacer sufrir a otros.



