Un campesino volvía de su campo en un carro. Como todas las tardes, llevaba la vaca atada detrás. Iba mirando el camino y no notó que dos muchachos lo seguían.
—Desatá la vaca —le susurró Felipe a su compañero—. Yo la llevo a casa.
Ambrosio se acercó despacio, soltó la cuerda y se la pasó a Felipe. Pero en vez de escapar con él, se ató al carro en el lugar de la vaca.
—¡Vení! ¿Qué estás haciendo? —murmuró Felipe.
—Andá. Después te alcanzo.
El carro siguió avanzando. Al rato, el campesino se dio vuelta y vio un muchacho donde debía estar su animal.
—¿Dónde está mi vaca? ¡Devolvémela!
Ambrosio juntó las manos y le pidió que lo escuchara.
—Cuando era chico, mi madre se enojó tanto conmigo que me maldijo. En ese momento me convertí en vaca. Usted me compró sin saberlo, y yo no podía explicárselo porque había perdido el habla. Ahora recuperé mi forma. ¡Por favor, déjeme volver a mi casa!
El campesino no sabía qué pensar. Le dolía perder a su vaca, pero aquel joven atado lo miraba como si esperara una decisión muy importante.
Al llegar a casa le contó todo a su esposa. Ella escuchó, se quedó pensando y finalmente dijo:
—Si por misericordia de Dios volvió a ser una persona, ¿cómo vamos a retenerlo? Tenemos que dejarlo libre.
Así lo hicieron. Ambrosio se alejó sin que nadie intentara detenerlo. Fue a buscar a Felipe, que lo esperaba con la vaca. Cuando le contó cómo había conseguido soltarse, los dos se rieron de su engaño.



