Iktomi atravesaba la pradera bajo el sol del verano. Caminaba entre los pastos altos, sin seguir ningún sendero. De pronto vio algo gris, redondo y quieto al abrigo de una mata de salvia. Se inclinó hacia un lado, después hacia el otro, y estiró el cuello para mirar mejor.
Era un coyote. Tenía el hocico escondido entre las patas y la cola enroscada alrededor del cuerpo. Iktomi avanzó despacio, apoyando primero la punta de un pie y después la del otro. El animal no se movió.
Se agachó hasta acercar la oreja a su nariz. No oyó una respiración. Los párpados permanecían cerrados.
—Muerto —dijo—. Pero hace poquito. Todavía tiene una pluma fresca enganchada en la pata.
Lo tocó. El cuerpo estaba tibio. Iktomi se relamió, convencido de que aquella tarde iba a comer sin necesidad de salir a cazar. Sujetó las patas del coyote y se lo echó sobre los hombros.
Su vivienda quedaba lejos. A medida que avanzaba, el peso se hacía sentir y el sudor le corría por la cara. Cada tanto cerraba los ojos con fuerza para que no le entrara en ellos. Sin embargo, seguía pensando en la carne asada que tendría al terminar el viaje.
Sobre su espalda, el coyote había abierto los ojos. Miraba el cielo y sonreía, sin que Iktomi pudiera verlo.
«Caminar con las propias patas cansa», pensaba. «Esto de que a uno lo lleven es mucho más divertido».
El balanceo lo fue adormeciendo. Se dejó transportar sin hacer el menor esfuerzo, hasta que los pasos se detuvieron. En el instante siguiente, Iktomi lo soltó. El golpe contra el suelo fue tan fuerte que al coyote se le quitaron las ganas de respirar por un momento. Después prefirió seguir quieto y averiguar qué pasaría.
Iktomi tarareaba mientras juntaba ramas de sauce. Las quebró sobre la rodilla, preparó un fuego al aire libre y lo alimentó hasta que las llamas se levantaron rojas y amarillas. El coyote observaba todo por entre los párpados.
Entonces Iktomi volvió a tomarlo de las patas. Lo hamacó una vez, otra, y lo arrojó hacia el fuego.
El aire caliente le golpeó el hocico. Apenas cayó sobre las brasas, el coyote giró y saltó afuera. Con las patas desparramó carbones encendidos sobre los brazos y los hombros de Iktomi.
Iktomi se quedó con la boca abierta. Creyó estar viendo a un espíritu salir de su fogata. Se tapó la cara con una mano y sopló una quemadura del brazo, mientras el coyote se revolcaba en el pasto hasta apagar el fuego del pelo.
Ya a salvo, el animal se sentó al otro lado de las llamas y se rio de su transportista.
—Otra vez, amigo, no des tantas cosas por sabidas. ¡No prepares el asado antes de comprobar que tu enemigo está muerto!
Después salió corriendo por la pradera, tan rápido que la cola le quedó estirada detrás del lomo.



