A la orilla de un lago, debajo de un sauce grande, Iktomi comía pescado hervido. La olla descansaba entre sus piernas y las cenizas del fuego todavía conservaban algo de calor. Había pasado hambre otras veces; ahora, que tenía comida, no apartaba de ella los ojos.
—Buen día, amigo —dijo una voz entre las plantas de arroz silvestre.
Iktomi levantó la cuchara. A su lado apareció una rata almizclera, con el pelo mojado por el agua del lago. Lo saludó otra vez y se quedó esperando. Confiaba en que Iktomi le hiciera un lugar y la invitara a comer.
Pero él empezó a tararear, golpeando suavemente el borde de la olla con la cuchara de cuerno. El visitante miró la sopa, miró el suelo y llegó a desear que no hubiera salido del agua. Por fin Iktomi dejó de golpear.
—Vamos a correr una carrera. Si gano yo, me quedo con todo el pescado. Si ganás vos, te doy la mitad.
—Vos corrés mucho más rápido que yo —respondió la rata almizclera—. Así no podemos competir.
Iktomi apoyó una mano en el mentón, pensó un momento y encontró una respuesta.
—Voy a cargar una piedra grande en la espalda. Eso me va a hacer más lento.
Los dos caminaron hasta el lado opuesto del lago. Iktomi sacó una piedra pesada del agua, la envolvió en su manta y, con ayuda de su compañero, se la acomodó sobre los hombros.
—Vos rodeá el lago por un lado; yo voy por el otro. La meta es la olla.
Se separaron entre los juncos. Al principio Iktomi avanzó con energía, pero la piedra lo obligaba a inclinarse y pronto empezó a jadear. Miró hacia la otra orilla. No veía al visitante. Tampoco se movían los tallos que deberían apartarse a su paso.
«¿Habrá corrido tan rápido que ya pasó por ahí?», pensó.
La idea lo inquietó. Soltó la piedra y salió disparado hacia su comida. Aplastaba la hierba bajo los pies y apenas alcanzaba a respirar. Cuando llegó, se quedó inmóvil: junto a las cenizas no estaba la olla.
—¡Se metió en el agua! —exclamó—. Nada más rápido de lo que yo puedo correr. Si hubiera compartido el pescado, todavía tendría algo para comer.
Se acercó al lago y miró hacia el fondo. Allí creyó ver a la rata almizclera sentada con la olla entre las patas.
—Amigo, tengo hambre. ¡Dame por lo menos una espina!
Una carcajada le respondió. Pero no venía del agua. Iktomi alzó la cabeza: la rata almizclera estaba en una rama del sauce. Lo que había visto abajo era su reflejo.
Iktomi abrió la boca y volvió a pedir un resto de pescado. Desde la rama cayó una espina pequeña y filosa. Se le clavó en la garganta. Durante unos instantes no pudo respirar; finalmente consiguió sacársela.
La rata almizclera seguía en el árbol, riéndose.
—La próxima vez que llegue un amigo —le dijo—, probá decirle: «Sentate conmigo. Compartamos la comida».



