Patkasa, la tortuga, volvía de cazar con las manos vacías. Había caminado toda la mañana y no había visto ni siquiera un pájaro. Pensaba en quienes lo esperaban en su casa, con hambre, y avanzaba cabizbajo.
Unos espíritus bondadosos se compadecieron del cazador y lo guiaron hasta un ciervo recién muerto. Patkasa se inclinó sobre él. La flecha que encontró no era una de las suyas: pertenecía a alguien que había disparado desde lejos.
—Los buenos espíritus me trajeron hasta acá —dijo, agradecido.
Una mano le cayó sobre el hombro.
—Buen día, amigo. ¡Qué buen cazador sos!
Esta vez no hablaba un espíritu. Era Iktomi, que miraba al ciervo con una sonrisa larguísima. Patkasa levantó la cabeza, complacido con el elogio.
—¿De verdad te parece?
—Claro. Hagamos una prueba: a ver quién puede saltar por encima del ciervo sin tocarle un pelo.
Patkasa dijo que no creía poder hacerlo. Iktomi insistió. Le aseguró que alguien tan hábil no debía tener miedo de una dificultad tan pequeña. Lo llevó unos pasos hacia atrás y le cedió el primer turno.
Patkasa movió los brazos, preparándose para correr. Justo entonces Iktomi agregó:
—¡Y el que gane se queda con el ciervo!
La apuesta había cambiado, pero Patkasa ya estaba tomando impulso. Le preocupaba que lo llamaran cobarde si se detenía. Corrió con sus pasos cortos, intentó el salto, tropezó con una rama y cayó contra el animal.
Iktomi fingió lamentarlo. Lo ayudó a ponerse de pie y saltó con facilidad, sin rozar el ciervo.
—Gané. Cuidá la carne mientras voy a buscar a mis hijos.
Se alejó antes de recibir respuesta. Patkasa lo miró irse. Ahora entendía para qué habían servido tantos elogios, y esta vez no estaba dispuesto a hacerle el favor que le pedía.
Cuando Iktomi volvió con sus hijos, no encontró a nadie. El ciervo tampoco estaba. Los chicos, que habían venido hablando y riéndose, se pusieron a llorar.
—Sé dónde vive Patkasa. Vengan conmigo —ordenó Iktomi.
Los condujo por un sendero hasta un arroyo. Desde la orilla les señaló lo que se veía en el agua: la vivienda de Patkasa y un fuego sobre el que se cocinaba la carne.
—Voy a apagarle la fogata y traerles la comida. Miren bien: cuando los carbones negros suban a la superficie, aplaudan. Después salgo yo con la carne.
Iktomi se lanzó al arroyo y levantó una lluvia de gotas. Apenas el agua se alisó, empezaron a asomar y desaparecer unas formas oscuras.
—¡Los carbones! —gritaron los chicos.
Aplaudían y corrían por la orilla, contentos de que su padre estuviera a punto de regresar.
Una voz los hizo mirar hacia arriba. Patkasa estaba sentado sobre una rama grande de un sauce inclinado sobre el arroyo. En esa misma rama ardía la fogata en la que asaba el ciervo. Lo que Iktomi había visto abajo era su reflejo.
El agua quedó quieta. Las formas negras que los chicos habían confundido con carbones eran los dedos de los pies de su padre. Ya no volvieron a aparecer: Iktomi se había ahogado.
Sus hijos se alejaron del arroyo llorando y llamándolo.



