Hacia 1890, según cuentan, un hombre llamado Pedro tenía una tienda en una casa de la Recoleta, frente a la iglesia. En esa misma casa había vivido y muerto un sacerdote.
Pedro tenía a su servicio a un muchacho. Una mañana lo encontró tendido en el patio, sin conocimiento. Consiguieron despertarlo, pero seguía muy asustado. Al principio no quería decir qué había ocurrido.
Por fin contó que había salido durante la noche y, al volver, había visto a un sacerdote debajo de un naranjo. La aparición le dijo que allí había dejado enterrada una gran cantidad de monedas.
—Habrás soñado —respondió Pedro—. No hagas caso de esas cosas.
Al día siguiente le pagó un mes de sueldo y lo mandó a su casa para que se recuperara. Le dijo que no regresara hasta encontrarse completamente bien.
Esa misma noche, cuando ya estaba solo, Pedro fue al naranjo y empezó a cavar. Debajo encontró el tesoro que había mencionado el muchacho.
Vendió su negocio y se fue al campo, donde abrió otra tienda. Guardó las monedas sin gastar ninguna durante un año: según la creencia que acompaña a este relato, si las usaba antes perdería todo.
Llegó a ser muy rico. Pero después se dedicó a gastar en diversiones y terminó conservando apenas lo necesario para vivir sin grandes lujos. Al muchacho le había dicho que no creyera en su visión; él había ido a buscar el tesoro apenas tuvo el patio libre.



