Un pescador tendió su red a través del río y consiguió muchos peces. Mientras trabajaba, un cuervo se posó cerca. Miraba la pesca con tanta hambre que el hombre se compadeció: lavó un pescado y se lo arrojó. El ave lo comió con alegría.
Más tarde volvió. Esta vez habló con voz humana.
—Te agradezco mucho la comida. Si venís conmigo a ver a mi padre, él también te lo va a agradecer.
El pescador la siguió a pie mientras volaba delante de él. Después de un largo camino llegaron a una casa grande. El cuervo entró y el hombre fue detrás. Adentro, el ave tenía forma de una joven. Junto a ella estaban un anciano y una anciana, los tres de apariencia divina.
El anciano recibió al visitante.
—Te hice venir para recompensarte por haberle dado buen pescado a mi hija. Podría darte tesoros, pero estos cachorros te van a servir más.
Le entregó dos perritos: uno de oro y otro de plata.
—El de oro defeca oro; el de plata, plata. Vendé esos metales a los funcionarios y te enriquecerás.
El hombre se despidió con respeto y llevó los cachorros a su casa. Les daba buena comida, de a poco. El perrito de oro producía oro y el de plata producía plata. Vendiendo esos metales, el pescador se volvió rico.
Otro hombre quiso imitarlo. Puso su red en el río, reunió una buena pesca y esperó al cuervo. Cuando llegó, embarró un pescado y se lo tiró. El ave se alejó con él, y el hombre la siguió hasta la gran casa.
Esta vez el anciano estaba furioso.
—Le diste a mi hija un pescado cubierto de barro. Eso muestra un mal corazón. Aun así, ya que viniste, te voy a dar dos cachorros. Si los tratás bien, te van a servir.
Le entregó uno de oro y otro de plata. El hombre hizo una reverencia y se marchó.
En su casa empezó a pensar cómo conseguir metales más rápido.
—Si les doy mucha comida, van a producir mucho. ¿Para qué conformarme con un poquito cada vez?
Los alimentó sin medida y les dio cualquier cosa, hasta alimentos sucios. Pero los perros no produjeron oro ni plata: sólo excrementos. La suciedad fue llenando la casa, hasta que nadie quería entrar.
El primer pescador siguió dándoles a sus cachorros buena comida, en pequeñas cantidades. Los metales llegaban de a poco y su riqueza crecía.
Así termina lo que se contaba: los dioses se enojaban con quienes actuaban mal, y hasta un cachorro de oro podía darles solamente suciedad. Por eso el relato pide que las personas no tengan mal corazón.




