Mientras trabajaba la tierra, un hombre golpeó algo duro con su herramienta. Apartó los terrones y descubrió una vasija de barro, grande y honda. No estaba rota. La sacó del pozo y la llevó a su casa.
—Podemos usarla para guardar cosas —le dijo a su mujer—. Primero habrá que limpiarla.
Ella tomó un cepillo y empezó a frotar el interior. Apenas lo apoyó en el fondo, apareció otro cepillo. Lo sacó, pero en su lugar hubo dos más. Al retirar esos dos, encontró otros. Por muchos que sacara, la vasija siempre tenía cepillos nuevos.
El hombre empezó a venderlos. La familia, que antes vivía con dificultad, tuvo comida y todo lo necesario. Podían sacar otra tanda cuando se terminaba la anterior. El barro no mostraba ninguna grieta y el fondo nunca quedaba vacío.
Un día cayó una moneda dentro por accidente. Los cepillos desaparecieron. Enseguida, la vasija se llenó de monedas. El hombre metió las manos y sacó un puñado; donde habían estado esas monedas surgieron otras. Ahora podía obtener tanto dinero como quisiera.
En la casa vivía también su abuelo, que estaba viejo y tenía pocas fuerzas. Al nieto se le ocurrió ponerlo junto a la vasija para que sacara monedas con una pala. No le bastaba con lo que ya había reunido: quería que el trabajo continuara todo el día.
El abuelo empezó a cansarse. Sus manos temblaban, la pala pesaba y necesitaba descansar. Pero cuando disminuía el ritmo, el nieto se enojaba.
—¡Seguí! —le gritaba—. No seas haragán.
Una vez, las fuerzas del anciano se agotaron por completo. Cayó dentro de la vasija y murió.
El dinero desapareció. Cuando el hombre sacó el cuerpo de su abuelo, encontró otro igual en el fondo. Lo retiró, y apareció uno más. El recipiente que había multiplicado cepillos y monedas repetía ahora aquello que nadie podía devolver a la vida.
El hombre tuvo que sacar todos los cuerpos y darles sepultura. Para pagar los entierros gastó cuanto dinero había obtenido. Al terminar, la vasija se quebró.
Quedó tan pobre como al principio. La vasija ya no producía nada, y su abuelo no estaba.



