La casa casi no se veía desde afuera. Alrededor crecían flores, árboles y bambúes, tantos que las ramas parecían guardar el camino de entrada. Allí vivía un estudioso que se había apartado del mundo para buscar una sabiduría oculta. Quería a sus plantas como a sí mismo y nunca salía de los límites del jardín.
Una noche de primavera se sentó a disfrutar de la brisa y de la luna. Todo estaba florecido. Mientras miraba las hojas, vio acercarse a una joven vestida de oscuro.
—Somos vecinas —le dijo después de saludarlo—. Vamos a visitar a nuestras dieciocho tías. ¿Nos permitís descansar un momento en tu patio?
El estudioso aceptó. La joven se retiró y volvió con muchas compañeras. Llevaban flores y ramas de sauce. Al mover las mangas dejaban un perfume que él no había sentido nunca.
Las invitó a entrar. Quiso saber si venían del palacio de la Luna o de los jardines de alguna gran divinidad.
—No somos tan importantes —contestó sonriendo una joven de verde—. Yo soy Sálix. Ella, la de blanco, es Prunófora. La de rosa se llama Pérsica, y la de vestido rojo oscuro es Púnica.
Apenas había terminado las presentaciones cuando anunciaron la llegada de las dieciocho tías. Las jóvenes corrieron a recibirlas. Las tías hablaban todas a la vez, con una ligereza que parecía mover el aire. Cerca de ellas se sentía un frío repentino.
—Qué suerte que hayan venido —dijeron las muchachas—. Estábamos por visitarlas. Compartamos una comida aquí.
Con permiso del dueño aparecieron mesas, sillas, frutas extraordinarias y copas llenas de un néctar fragante. Las tías ocuparon los primeros lugares; las jóvenes se sentaron después y el estudioso se acomodó con ellas. La luz de la luna caía sobre la mesa.
Cuando terminaron de comer, las muchachas cantaron y bailaron. Sus pasos parecían vuelos de mariposas. El estudioso las observaba tan maravillado que por un momento no supo si seguía en su casa.
Pero durante un brindis una de las tías volcó néctar sobre el vestido de Púnica.
—¡Qué descuidada sos! —exclamó la joven, mirando la mancha—. Mis hermanas podrán tenerte miedo, pero yo no.
Las dieciocho tías se levantaron, ofendidas. Las demás jóvenes intentaron calmarlas. Dijeron que Púnica era muy joven, que iría al día siguiente a pedir perdón y a recibir un castigo. No consiguieron detenerlas. Las tías se marcharon y las muchachas, después de despedirse, se dispersaron entre los canteros hasta desaparecer.
A la noche siguiente volvieron.
—Vivimos en tu jardín —le explicaron al estudioso—. Todos los años nos lastiman los vientos. Pedíamos protección a nuestras tías, pero después de la discusión tememos que ya no nos ayuden. Queremos pedirte algo a vos.
Le indicaron que hiciera una pequeña bandera roja, pintara en ella el sol, la luna y los cinco planetas, y la pusiera en la parte oriental del jardín cada Año Nuevo. Como esa fecha ya había pasado, por esta vez debía colocarla el día veintiuno de aquel mes, antes de que llegara el viento del este.
El estudioso prometió hacerlo. Preparó la bandera y, cuando llegó la mañana señalada, la levantó en el lugar indicado.
Se desató una tormenta. Los árboles del bosque se doblaban y algunas ramas se quebraban. Sin embargo, las flores de su jardín permanecieron quietas.
Entonces comprendió: Sálix era el sauce; Prunófora, el ciruelo; Pérsica, el duraznero; Púnica, el granado de flores firmes. Y aquellas dieciocho tías eran los espíritus del viento.
Al anochecer las jóvenes regresaron con flores luminosas.
—Es lo que podemos darte —dijeron—. Si las comés, tendrás una vida larga y conservarás la juventud. Si seguís protegiéndonos cada año, también nosotras viviremos mucho.
El estudioso comió las flores y recuperó la apariencia de un joven de veinte años. Siguió buscando la sabiduría escondida y, con el paso del tiempo, llegó a formar parte de los Inmortales.



