Antes de vivir en el cielo, el Sol tenía una casa en la tierra. La compartía con la Luna, su esposa. No muy lejos vivía el Agua, que era amiga del Sol desde hacía muchísimo tiempo.
El Sol la visitaba seguido. Se quedaba a conversar en la orilla, veía pasar peces y regresaba a su casa con ganas de volver. Pero había algo que no entendía: el Agua nunca iba a visitarlo a él.
—¿Por qué no venís a mi casa? —le preguntó un día—. Yo voy a la tuya y vos nunca venís a la mía.
—Porque tu casa es demasiado chica —contestó el Agua—. No podría ir sola. Conmigo vendrían mis peces, mis animales y muchísima más agua. Ocuparíamos tanto lugar que terminaríamos echándote.
El Sol miró aquella extensión brillante. Le pareció que la dificultad tenía arreglo.
—Puedo hacer un patio más grande.
—Tendría que ser enorme —insistió el Agua—. Mucho más grande de lo que te imaginás.
El Sol volvió a casa y le contó a la Luna su promesa. Al día siguiente empezó a construir un gran recinto. Cuando estuvo terminado, miró de una punta a la otra, satisfecho, e invitó a su amiga para la mañana siguiente.
El Agua llegó hasta la entrada y llamó.
—¿Seguro que podemos pasar?
—¡Sí, pasen! —dijo el Sol.
Entró primero una corriente, después otra. Los peces se deslizaron por el patio y detrás llegaron más habitantes del agua. Muy pronto, el Sol y la Luna estaban parados en una laguna que les alcanzaba las rodillas.
—Todavía falta mucha gente —advirtió el Agua—. ¿Seguimos?
El Sol volvió a decir que sí. La corriente subió hasta la altura de una persona. Ya no se veía el suelo del patio, y los anfitriones tuvieron que buscar un lugar más alto.
—¿Querés que entren los demás? —preguntó otra vez su amiga.
—¡Sí! —respondieron ahora el Sol y la Luna juntos.
Subieron al techo. Desde allí vieron entrar a más peces, más animales y más agua. Cuando la visita volvió a pedir permiso, el Sol mantuvo su invitación. El agua alcanzó el techo, lo cubrió y siguió creciendo.
Entonces el Sol y la Luna ya no encontraron dónde ponerse dentro de su propia casa. Se elevaron hasta el cielo y se quedaron allí. Así cuenta esta historia que llegaron al lugar desde donde los vemos hoy: una visita demasiado grande había llenado todos los rincones de su hogar.



