BibliotecaFilemón y Baucis
Una pareja de ancianos comparte una comida humilde con dos viajeros.

Tradición grecorromana · Frigia · Mito

Filemón y Baucis

La puerta que se abrió

5 min de lectura*12+ años · edad orientativa*
Empieza la historia

En una aldea de Frigia, dos viajeros llamaron a una puerta al caer la tarde. Tenían polvo en la ropa y el cansancio de quienes habían caminado muchas horas. Pidieron un lugar para descansar, pero no los dejaron entrar.

Probaron en otra casa. También allí les cerraron. Recorrieron la aldea hasta llegar a una cabaña de techo de paja. Era tan baja que, cuando la puerta se abrió, tuvieron que inclinarse para pasar.

Vivían allí Filemón y Baucis. Se habían conocido jóvenes y habían envejecido juntos, compartiendo lo poco que tenían. Al ver a los desconocidos, no preguntaron cuánto podían pagar. Filemón acercó un banco y Baucis lo cubrió con una tela.

Mientras los visitantes descansaban, ella buscó brasas entre las cenizas y avivó el fuego. Él salió al pequeño huerto, juntó algunas hierbas y cortó un pedazo de la carne que guardaban para varios días. Pusieron todo a cocinar en una olla y llevaron agua tibia para que los viajeros se lavaran.

La mesa tenía una pata corta. Baucis la acomodó con un trocito de piedra, la limpió y fue poniendo lo que encontraba: aceitunas, queso, huevos, frutos conservados. Después llegó la olla humeante. Sirvieron vino en vasos de madera y pidieron disculpas porque no había nada más refinado.

Los huéspedes comieron con gusto. Filemón volvió a llenar sus vasos. Un rato después inclinó de nuevo la jarra y se quedó mirándola. Había servido varias veces, pero el vino seguía llegando hasta el mismo nivel.

Baucis también lo vio. Los dos comprendieron que aquellos visitantes no eran hombres comunes. Quisieron ofrecerles lo mejor que poseían y salieron detrás del ganso que cuidaba la casa. Pero el ave corrió, abrió las alas y acabó refugiándose junto a los desconocidos.

—Dejen vivir al ganso —dijo uno de ellos.

Entonces revelaron quiénes eran: Júpiter y Mercurio. Habían recorrido la aldea buscando hospitalidad y sólo la habían encontrado en aquella cabaña. Anunciaron que el lugar sería castigado y les ordenaron seguirlos hasta la colina.

Los ancianos tomaron sus bastones y subieron despacio. Cerca de la cima miraron hacia atrás. Donde habían estado los caminos, los huertos y las casas, ahora se extendía una laguna. Baucis y Filemón lloraron por sus vecinos. En medio del agua permanecía su cabaña.

Mientras la contemplaban, los postes se transformaron en columnas, el techo de paja empezó a brillar y el suelo se volvió mármol. La casa se había convertido en un templo.

Júpiter les preguntó qué deseaban. Los dos hablaron un momento en voz baja. Después Filemón respondió por ambos:

—Queremos cuidar ese lugar. Y, cuando termine nuestra vida, que sea al mismo tiempo. Ninguno quiere quedarse para enterrar al otro.

Les concedieron el pedido. Vivieron muchos años como guardianes del templo y contaron a los visitantes lo que había ocurrido allí.

Una tarde, ya muy ancianos, estaban juntos frente a la entrada. Baucis vio hojas que brotaban del cuerpo de Filemón. Él vio que a ella le sucedía lo mismo. Quisieron acercarse, pero sus pies ya eran raíces. Todavía pudieron despedirse antes de que la corteza cubriera sus labios.

En aquel lugar quedaron un roble y un tilo, creciendo uno junto al otro. Quienes conocían la historia se detenían bajo sus ramas y recordaban la pequeña casa cuya puerta se había abierto al final del camino.

Fin

¿Una historia para recordar?

Podés volver siempre que quieras.

Para conversar despuésLectura opcional

Propuestas de lectura de Mitos y cuentos

Ideas y preguntas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia. Podés elegir las que te interesen o quedarte con tu propia lectura.

Con chicos

La mesa pequeña y la puerta abierta conviven con una escena terrible: la aldea queda bajo el agua y los ancianos lloran por sus vecinos. El premio que reciben no elimina esa pérdida. Más tarde eligen permanecer juntos hasta el final de sus vidas y se transforman en árboles. Podés conversar sobre lo que te conmueve y lo que cuestionás; las decisiones de los dioses también se pueden discutir.

  • ¿Qué detalles de la comida muestran cómo reciben Filemón y Baucis a los viajeros?
  • ¿Qué te hace pensar el llanto de los ancianos después de que los dioses los salvan?
  • ¿Cómo conviven, para vos, la despedida de los protagonistas y la imagen final de los dos árboles?

Una mirada adulta

La hospitalidad tiene una escala minúscula y material: un banco, una tela, una piedra que equilibra la mesa. El castigo divino, en cambio, abarca una comunidad. Leer ambas escalas juntas permite apreciar la generosidad de los ancianos sin aceptar la inundación como justicia proporcionada. Su llanto conserva una fisura dentro del premio. El pedido de morir al mismo tiempo y la transformación final admiten, a su vez, ternura, inquietud o desacuerdo. Esta propuesta deja abiertas esas respuestas y evita que la imagen de los árboles borre la destrucción anterior.

  • ¿Qué relación encontrás entre los cuidados concretos de la cena y la magnitud de la recompensa?
  • ¿Qué cambia en la lectura del castigo al prestar atención al dolor de quienes fueron salvados?
  • ¿Qué sentidos posibles tiene que la última despedida ocurra mientras los cuerpos se vuelven árboles?

A tu manera.

Un rincón cómodo para tu próxima historia.

Tamaño del texto
21 px
Luz

Las opciones para guardar como PDF dependen de tu navegador y dispositivo.

Compartí el enlace al cuento, sin tu avance ni tus marcadores.