En una aldea de Frigia, dos viajeros llamaron a una puerta al caer la tarde. Tenían polvo en la ropa y el cansancio de quienes habían caminado muchas horas. Pidieron un lugar para descansar, pero no los dejaron entrar.
Probaron en otra casa. También allí les cerraron. Recorrieron la aldea hasta llegar a una cabaña de techo de paja. Era tan baja que, cuando la puerta se abrió, tuvieron que inclinarse para pasar.
Vivían allí Filemón y Baucis. Se habían conocido jóvenes y habían envejecido juntos, compartiendo lo poco que tenían. Al ver a los desconocidos, no preguntaron cuánto podían pagar. Filemón acercó un banco y Baucis lo cubrió con una tela.
Mientras los visitantes descansaban, ella buscó brasas entre las cenizas y avivó el fuego. Él salió al pequeño huerto, juntó algunas hierbas y cortó un pedazo de la carne que guardaban para varios días. Pusieron todo a cocinar en una olla y llevaron agua tibia para que los viajeros se lavaran.
La mesa tenía una pata corta. Baucis la acomodó con un trocito de piedra, la limpió y fue poniendo lo que encontraba: aceitunas, queso, huevos, frutos conservados. Después llegó la olla humeante. Sirvieron vino en vasos de madera y pidieron disculpas porque no había nada más refinado.
Los huéspedes comieron con gusto. Filemón volvió a llenar sus vasos. Un rato después inclinó de nuevo la jarra y se quedó mirándola. Había servido varias veces, pero el vino seguía llegando hasta el mismo nivel.
Baucis también lo vio. Los dos comprendieron que aquellos visitantes no eran hombres comunes. Quisieron ofrecerles lo mejor que poseían y salieron detrás del ganso que cuidaba la casa. Pero el ave corrió, abrió las alas y acabó refugiándose junto a los desconocidos.
—Dejen vivir al ganso —dijo uno de ellos.
Entonces revelaron quiénes eran: Júpiter y Mercurio. Habían recorrido la aldea buscando hospitalidad y sólo la habían encontrado en aquella cabaña. Anunciaron que el lugar sería castigado y les ordenaron seguirlos hasta la colina.
Los ancianos tomaron sus bastones y subieron despacio. Cerca de la cima miraron hacia atrás. Donde habían estado los caminos, los huertos y las casas, ahora se extendía una laguna. Baucis y Filemón lloraron por sus vecinos. En medio del agua permanecía su cabaña.
Mientras la contemplaban, los postes se transformaron en columnas, el techo de paja empezó a brillar y el suelo se volvió mármol. La casa se había convertido en un templo.
Júpiter les preguntó qué deseaban. Los dos hablaron un momento en voz baja. Después Filemón respondió por ambos:
—Queremos cuidar ese lugar. Y, cuando termine nuestra vida, que sea al mismo tiempo. Ninguno quiere quedarse para enterrar al otro.
Les concedieron el pedido. Vivieron muchos años como guardianes del templo y contaron a los visitantes lo que había ocurrido allí.
Una tarde, ya muy ancianos, estaban juntos frente a la entrada. Baucis vio hojas que brotaban del cuerpo de Filemón. Él vio que a ella le sucedía lo mismo. Quisieron acercarse, pero sus pies ya eran raíces. Todavía pudieron despedirse antes de que la corteza cubriera sus labios.
En aquel lugar quedaron un roble y un tilo, creciendo uno junto al otro. Quienes conocían la historia se detenían bajo sus ramas y recordaban la pequeña casa cuya puerta se había abierto al final del camino.


