La zorra invitó a la grulla a cenar. Preparó una sopa de legumbres que olía muy bien y la sirvió en dos platos anchos y casi planos.
La zorra empezó a lamer la suya. La grulla bajó su largo pico una y otra vez, pero apenas lograba recoger unas gotas. Cada intento terminaba con un golpecito contra el plato.
—¿No te gusta la sopa? —preguntó la zorra, escondiendo una sonrisa.
La grulla no respondió a la burla. Esperó hasta que terminó la cena, agradeció la invitación y, antes de irse, invitó a la zorra a su casa para el día siguiente.
Esta vez, la comida llegó en dos recipientes altos de cuello estrecho. La grulla introdujo el pico con facilidad y empezó a comer. La zorra acercó el hocico, lo giró hacia un lado, después hacia el otro. La abertura era demasiado angosta. Podía oler la comida, pero no probarla.
La grulla la observó desde el otro extremo de la mesa. No necesitó explicar la semejanza entre aquella cena y la anterior: la zorra la estaba sintiendo en su propia panza vacía.
Cuando regresó a casa, la zorra ya no encontraba tan divertida su broma. Había recibido exactamente la hospitalidad que ella misma había ofrecido: una comida puesta delante de un invitado que no podía alcanzarla.


