Antes de conocer los mares, Simbad había conocido todas las maneras de gastar una fortuna. Había heredado dinero, pero lo usó con tanta ligereza que un día tuvo que contar lo que quedaba. No era mucho. Vendió parte de sus bienes, compró mercaderías y se embarcó en Basora con un grupo de comerciantes.
Al principio se mareó. Después aprendió a caminar sobre la cubierta y a esperar con paciencia los cambios del viento. Bajaba con los demás en distintos puertos, vendía una cosa, compraba otra y volvía al barco con noticias, olores y palabras nuevas.
Una mañana el viento se apagó cerca de una isla baja y verde. El capitán permitió desembarcar. Simbad salió con varios compañeros. Caminaron, buscaron un lugar cómodo y encendieron fuego para preparar la comida.
Entonces el suelo tembló.
Desde el barco comenzaron a gritar. Lo que habían tomado por una isla era el lomo de una ballena enorme. El animal había dormido tanto tiempo en la superficie que parecía una tierra firme, pero el calor del fuego acababa de despertarlo.
Los comerciantes corrieron hacia el bote. Algunos saltaron al agua. Simbad quiso alcanzarlos, pero la ballena se hundió antes de que pudiera llegar. Quedó entre las olas, aferrado a un trozo de la leña que habían llevado.
En medio de la confusión, el barco recogió a quienes pudo y se alejó. Nadie advirtió que Simbad seguía atrás. El viento, que antes había faltado, ahora llenaba las velas y lo separaba cada vez más de sus compañeros.
Pasó el día agarrado a la madera. Pasó la noche. Al amanecer, una corriente lo acercó a una costa escarpada. Vio raíces que salían de la tierra y logró sujetarse. Trepó lentamente, con las manos doloridas, hasta caer sobre el pasto.
Durmió allí, rendido. Cuando pudo levantarse, encontró una fuente y algunas plantas comestibles. Después caminó hacia una llanura. En ella había un caballo atado. Simbad estaba preguntándose quién lo habría dejado cuando oyó voces que parecían salir de debajo del suelo.
Un hombre apareció en la entrada de una cueva. Era uno de los caballerizos del rey Mihrage. Él y sus compañeros habían llevado los caballos a pastar y regresarían a la ciudad al día siguiente. Escucharon al náufrago, le dieron comida y lo invitaron a acompañarlos.
El rey recibió a Simbad y dispuso que no le faltara lo necesario. Sin embargo, él quería volver a su casa. Cada vez que llegaba un barco, bajaba al puerto y preguntaba por rutas, capitanes y noticias de Bagdad.
Un día vio unos bultos que estaban descargando. Se acercó. En la envoltura figuraba su propio nombre. Reconoció también al capitán: era el del barco que lo había dejado atrás.
—¿De quién es esa mercadería? —preguntó.
—De un comerciante que perdimos en el mar. Se llamaba Simbad. Pienso venderla y llevarles el dinero a sus familiares.
—Yo soy Simbad.
El capitán retrocedió, desconfiado. Creía haberlo visto morir y no quería entregar los bienes a un desconocido. Simbad le pidió que lo escuchara. Contó la noche sobre la madera, las raíces, la fuente y los caballerizos. Entonces llegaron otros mercaderes. Lo reconocieron y lo abrazaron, felices de encontrarlo vivo.
El capitán le devolvió todo. Simbad quiso darle una parte en agradecimiento, pero él se negó a aceptarla. Con sus bienes recuperados, el viajero preparó un regalo para Mihrage, que tanto lo había ayudado. El rey recibió la ofrenda y le dio presentes para el camino.
Simbad volvió a embarcarse. Durante el regreso comerciaron con especias y maderas aromáticas, y cuando llegó a Basora llevaba una ganancia considerable. Pero el mejor momento lo esperaba después: la llegada a su casa, donde su familia lo recibió con una alegría que ninguna cuenta podía medir.
Se instaló otra vez en Bagdad. Ahora, cuando recordaba aquella primera travesía, veía la isla que se hundía, pero también las manos que lo habían ayudado a volver. Y durante un buen tiempo le alcanzó con mirar el agua desde la tierra firme.


