BibliotecaMomotaro, el hijo del durazno
Momotaro cruza un puente hacia una aldea japonesa, con un durazno junto al arroyo.

Japón · Cuento tradicional

Momotaro, el hijo del durazno

Un comienzo extraordinario

5 min de lectura*8+ años · edad orientativa*
Empieza la historia

Una mañana, mientras su marido cortaba pasto en las montañas, una mujer fue al río a lavar la ropa. Estaba enjuagando una prenda cuando vio algo rosado que venía por el agua. Era un durazno. Pero ¡qué durazno! Tan grande que no habría entrado en ninguna de las canastas de la casa.

La mujer lo acercó a la orilla y lo llevó como pudo. Cuando su marido volvió, los dos se sentaron frente al fruto. Él levantó el cuchillo para partirlo, pero, antes de que la hoja tocara la cáscara, el durazno se abrió solo. Adentro había un bebé que los miraba muy tranquilo, como si llegar de esa manera fuera lo más natural del mundo.

Lo llamaron Momotaro, el hijo del durazno. Lo criaron con cariño, y el chico creció tan fuerte que pronto podía llevar haces de leña que a otros les costaba mover. También escuchó hablar de una isla donde vivían unos oni, seres temibles que habían saqueado pueblos y se habían llevado a varias personas prisioneras.

Cuando fue lo bastante grande para emprender el viaje, Momotaro decidió ir a buscarlas. Su madre preparó unas tortitas de arroz para el camino. Su padre lo ayudó a alistarse. A los dos les pesaba la despedida, pero lo vieron alejarse con la provisión bien atada a la cintura.

Al mediodía apareció un perro. Olfateó las tortitas, mostró los dientes y quiso quedarse con la bolsa. Momotaro no se dejó intimidar. Cuando el perro supo adónde iba aquel muchacho, cambió de actitud y pidió acompañarlo. Recibió media tortita y se puso en marcha a su lado.

Después se les unió un mono, y más adelante, un faisán. El perro discutía con el mono; el faisán tampoco estaba dispuesto a que lo mandonearan. Momotaro se plantó en medio de los tres.

—Si vamos juntos, tenemos que ayudarnos. Para pelearnos entre nosotros, mejor volvamos ahora.

Ninguno quiso volver. Compartieron las tortitas y siguieron hasta el mar. Allí consiguieron una embarcación y cruzaron hacia la isla. A medida que se acercaban, aparecieron unas murallas enormes. El faisán levantó vuelo, pasó por encima de ellas y distrajo a los guardianes mientras sus compañeros desembarcaban.

Buscando una entrada, Momotaro encontró a dos jóvenes que lavaban ropa junto a un arroyo. Eran prisioneras de los oni. Cuando él les explicó que había venido a rescatarlas, le mostraron una pequeña puerta detrás de la fortaleza, tan baja que tuvieron que entrar agachados.

El perro corrió por el patio, el mono trepó por las defensas y el faisán bajó a reunirse con ellos. Momotaro avanzó hasta el jefe de los oni. El combate fue ruidoso y confuso, pero la pequeña compañía se mantuvo unida. Al fin el jefe dejó caer su arma y se rindió.

Momotaro lo hizo prisionero. Después recorrió las habitaciones, abrió las puertas de los cautivos y reunió los bienes que los oni habían robado. El barco regresó cargado, y las personas liberadas pudieron volver con sus familias.

En la casa junto al río, dos ancianos seguían mirando el camino. Una tarde distinguieron una figura conocida y, detrás, un perro, un mono y un faisán. La madre dejó lo que tenía entre manos. El padre salió a su encuentro. Momotaro había vuelto: ya no cabía en un durazno, pero todavía cabía en el abrazo de los dos.

Fin

¿Una historia para recordar?

Podés volver siempre que quieras.

Para conversar despuésLectura opcional

Propuestas de lectura de Mitos y cuentos

Ideas y preguntas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia. Podés elegir las que te interesen o quedarte con tu propia lectura.

Con chicos

Momotaro es fuerte, pero no entra solo a la fortaleza. El faisán puede volar, el mono trepa y las jóvenes cautivas conocen una puerta que él no había visto. Incluso quienes necesitan ayuda tienen algo decisivo para aportar. Si tenés ganas, volvé a mirar cómo se arma ese grupo: empieza entre amenazas y discusiones, comparte comida y termina encontrando una manera de avanzar junto.

  • ¿Qué ayuda te parece más importante para llegar hasta los cautivos, y por qué?
  • ¿Qué podrían haber dicho el perro, el mono y el faisán cuando Momotaro les propuso dejar de pelear?
  • ¿Cómo contarías la llegada a la fortaleza desde el lugar de una de las jóvenes?

Una mirada adulta

La aventura permite seguir dos recorridos: el del héroe extraordinario y el de una ayuda que se reparte. La fuerza de Momotaro ocupa el centro, aunque las cautivas aportan el acceso que vuelve posible el rescate. Su iniciativa merece una segunda mirada. También queda una tensión entre el acuerdo de los compañeros y la autoridad con que él lo impone. Esta propuesta invita a conversar sobre esas diferencias, sin convertir el combate ni el liderazgo en recetas para la convivencia. El abrazo final abre otra escala para pensar su regreso.

  • ¿Cómo cambia el relato si se destaca lo que saben las cautivas en lugar de la fuerza de Momotaro?
  • ¿Qué distingue, en esta compañía, un acuerdo compartido de una orden que los demás aceptan?
  • ¿Qué agrega el abrazo de los padres a una aventura que ya había resuelto el rescate?

A tu manera.

Un rincón cómodo para tu próxima historia.

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