Una mañana, mientras su marido cortaba pasto en las montañas, una mujer fue al río a lavar la ropa. Estaba enjuagando una prenda cuando vio algo rosado que venía por el agua. Era un durazno. Pero ¡qué durazno! Tan grande que no habría entrado en ninguna de las canastas de la casa.
La mujer lo acercó a la orilla y lo llevó como pudo. Cuando su marido volvió, los dos se sentaron frente al fruto. Él levantó el cuchillo para partirlo, pero, antes de que la hoja tocara la cáscara, el durazno se abrió solo. Adentro había un bebé que los miraba muy tranquilo, como si llegar de esa manera fuera lo más natural del mundo.
Lo llamaron Momotaro, el hijo del durazno. Lo criaron con cariño, y el chico creció tan fuerte que pronto podía llevar haces de leña que a otros les costaba mover. También escuchó hablar de una isla donde vivían unos oni, seres temibles que habían saqueado pueblos y se habían llevado a varias personas prisioneras.
Cuando fue lo bastante grande para emprender el viaje, Momotaro decidió ir a buscarlas. Su madre preparó unas tortitas de arroz para el camino. Su padre lo ayudó a alistarse. A los dos les pesaba la despedida, pero lo vieron alejarse con la provisión bien atada a la cintura.
Al mediodía apareció un perro. Olfateó las tortitas, mostró los dientes y quiso quedarse con la bolsa. Momotaro no se dejó intimidar. Cuando el perro supo adónde iba aquel muchacho, cambió de actitud y pidió acompañarlo. Recibió media tortita y se puso en marcha a su lado.
Después se les unió un mono, y más adelante, un faisán. El perro discutía con el mono; el faisán tampoco estaba dispuesto a que lo mandonearan. Momotaro se plantó en medio de los tres.
—Si vamos juntos, tenemos que ayudarnos. Para pelearnos entre nosotros, mejor volvamos ahora.
Ninguno quiso volver. Compartieron las tortitas y siguieron hasta el mar. Allí consiguieron una embarcación y cruzaron hacia la isla. A medida que se acercaban, aparecieron unas murallas enormes. El faisán levantó vuelo, pasó por encima de ellas y distrajo a los guardianes mientras sus compañeros desembarcaban.
Buscando una entrada, Momotaro encontró a dos jóvenes que lavaban ropa junto a un arroyo. Eran prisioneras de los oni. Cuando él les explicó que había venido a rescatarlas, le mostraron una pequeña puerta detrás de la fortaleza, tan baja que tuvieron que entrar agachados.
El perro corrió por el patio, el mono trepó por las defensas y el faisán bajó a reunirse con ellos. Momotaro avanzó hasta el jefe de los oni. El combate fue ruidoso y confuso, pero la pequeña compañía se mantuvo unida. Al fin el jefe dejó caer su arma y se rindió.
Momotaro lo hizo prisionero. Después recorrió las habitaciones, abrió las puertas de los cautivos y reunió los bienes que los oni habían robado. El barco regresó cargado, y las personas liberadas pudieron volver con sus familias.
En la casa junto al río, dos ancianos seguían mirando el camino. Una tarde distinguieron una figura conocida y, detrás, un perro, un mono y un faisán. La madre dejó lo que tenía entre manos. El padre salió a su encuentro. Momotaro había vuelto: ya no cabía en un durazno, pero todavía cabía en el abrazo de los dos.


