La caravana cruzaba el desierto de noche. De día, la arena quemaba tanto que ni las personas ni los bueyes podían avanzar. Entonces juntaban las carretas, extendían toldos y esperaban a que el sol bajara. Recién cuando el suelo se enfriaba volvían a enganchar los animales.
Llevaban mercaderías para vender al otro lado, arroz para comer, leña para cocinar y grandes vasijas llenas de agua. Al frente iba un guía que conocía las estrellas. Donde los demás sólo veían oscuridad, él encontraba el rumbo.
Una tarde calcularon que les faltaba una sola noche de viaje. El mercader que dirigía la caravana miró las reservas y dio una orden imprudente.
—Mañana estaremos en la ciudad. Tiremos casi toda el agua que queda y la leña sobrante. Así las carretas van más livianas.
Lo hicieron. Comieron, levantaron los toldos y partieron con la primera oscuridad.
El guía llevaba varias noches sin descansar bien. El calor tampoco le había permitido dormir de día. Se acomodó sobre unos almohadones, pensando cerrar los ojos apenas un instante. La carreta seguía avanzando. Los bueyes seguían caminando. Él se quedó profundamente dormido.
Cuando despertó, las últimas estrellas se estaban apagando. Se incorporó de golpe.
—¡Alto!
Durante la noche, los bueyes habían dado la vuelta. Frente a ellos estaba el lugar donde habían acampado el día anterior. Habían viajado durante horas para regresar al mismo punto.
Los hombres desengancharon los animales. No tenían agua para darles. Tampoco podían cocinar el arroz. Bajo los toldos, algunos se sentaron sin decir nada; otros se acostaron convencidos de que no habría salida.
El mercader sabía quién había ordenado vaciar las vasijas. No podía recuperar aquella agua, pero tampoco podía quedarse inmóvil. Salió a caminar mirando el terreno, mientras el calor empezaba a levantar una bruma sobre la arena.
Entonces vio algo verde: un pequeño manojo de pasto.
Se arrodilló. Aquellas hojas no podían vivir de la arena seca solamente.
—¡Traigan una pala! —gritó—. Y el martillo. Vamos a probar acá.
Los hombres cavaron por turnos. Quitaron arena y tierra, cada vez más abajo, hasta que la pala chocó contra una roca. Algunos soltaron las herramientas. Habían gastado las fuerzas que les quedaban para encontrar otra pared.
El mercader bajó al pozo y apoyó el oído sobre la piedra. Debajo se oía un murmullo.
—Hay agua. Todavía no terminamos.
Un muchacho tomó el martillo y bajó. Levantó los brazos, golpeó y volvió a golpear. La roca resistió. Apretó el mango una vez más y descargó un golpe que abrió una grieta. El agua empezó a subir tan rápido que tuvieron que ayudarlo a salir.
Bebieron las personas. Bebieron los bueyes. Llenaron otra vez las vasijas. Con piezas de madera que llevaban de repuesto hicieron un fuego y cocinaron el arroz. Después descansaron de verdad, a la sombra.
Antes de partir dejaron una bandera junto al nuevo pozo. Otro viajero podría verla desde lejos. Al caer la noche, con el guía despierto y las reservas llenas, retomaron el camino. Esta vez llegaron a la ciudad al amanecer, llevando sus mercaderías y la noticia de que, en medio del desierto, había agua.


